—¿Me cree usted, sí o no?

—Calma, señor capellán... Puede que de esta conferencia salga la certidumbre de que no es usted traidor... Yo la deseo..., estoy dispuesto a admitir todas las explicaciones razonables.

—Y hay más —declaró Fago con enérgica resolución y acento firmísimo—: creo que todo eso que a usted le cuentan sus espías y polizontes, es falso. Unos por congraciarse con sus jefes y aparentar servicios ilusorios, otros por la recompensa pecuniaria que se les da, le traen a usted mil embustes y enredos... No hay, no hay, no puede haber tales tratos entre el ejército de la legitimidad y el ejército impío; yo lo niego: le engañan a usted, abusan de su credulidad, señor don Fructuoso.

—¡Carape!..., ahora sí que tengo a usted por un inocente, digno de que le entierren con palma —replicó el consejero alardeando de hombre agudo, sabedor de secretos gravísimos—. Admito..., ya ve usted si le considero..., admito que mi capellán no tenga parte alguna en esos enjuagues y componendas... Las manifestaciones que usted acaba de hacerme serían una hipocresía monstruosa si no fuesen verdaderas. Admito su inocencia, señor Fago; pero dudar de que existen proyectos contrarios a las grandiosas aspiraciones de nuestro rey augusto..., ¡ah!..., eso no, eso no puedo dudarlo; porque en mi mano tengo más de un hilo, que me traerá el ovillo de esta indigna conjura. Todos los servidores de Su Majestad no tienen el mismo grado de fe y entusiasmo. No diré que nos vendan al enemigo, eso no... Pero algunos, o por falta de convicción, o por exceso de soberbia, buscan la alianza con determinados personajes cristinos, proponiéndoles concesiones políticas, señor mío; ofreciendo cosas tan absurdas como el otorgamiento de una Constitución prudente, y libertades que no están ni pueden estar en nuestro programa, porque son contrarias al dogma religioso... Total: que se quiere acelerar el triunfo de la causa, por medio de un arreglo en el cual quedarían por el suelo las sagradas prerrogativas de nuestro soberano... Y yo pregunto: ¿triunfar de ese modo, es verdadero triunfo?

Fago no chistó. Las ideas expresadas por su patrono eran de tal extrañeza y novedad que no podía, sin mayor detenimiento, admitirlas ni rechazarlas.

—No hablo de traición, no —dijo el consejero en el tono de quien no quiere manifestar más que una parte de lo que sabe—, porque si ha llegado la hora de las intrigas, no ha llegado, ni quizás llegue, la hora de las traiciones. ¿Me entiende usted? Yo pregunto: ¿las operaciones de nuestro ejército obedecen a un plan conveniente y práctico? Yo creo que no. No se necesita ser estratégico de profesión para comprender que, derrotada la impiedad en Arquijas, nuestros soldados vencedores debieron perseguirla en el camino de Los Arcos, batirla aquí y en Viana, y después acometer sin miedo el paso del Ebro por Logroño, o por Cenicero, si el paso de Cenicero se creía más seguro. ¿Usted qué opina?

—Que por Cenicero.

—Y cuando todos creíamos que Zumalacárregui operaría sobre Los Arcos, nos hablan de una expedicioncita a Guipúzcoa. ¿Para qué? Para coger moscas, para perseguir a las columnas de Espartero, Jáuregui y Carratalá. ¿Usted no piensa como yo que esto es un disparate, y si no un disparate militar, una..., ¿cómo diré?, un pretexto para ganar tiempo, hasta que se pueda llegar a la pastelada política con Mina o con Córdova?

Y viendo que Fago, la mirada fija tenazmente en el suelo, no decía nada, le incitó con instancias a manifestar su opinión.

—Creo —dijo al fin el capellán—, y esta no es opinión técnica, sino de sentido común; creo que no estamos aún en disposición de pasar el Ebro. En Arquijas, según tengo entendido, no se cogió al enemigo ninguna pieza de artillería.