—Ta, ta, ta..., siempre el mismo cuento. A eso replico que si no las tomaron, fue porque no quisieron. Mis noticias son que el 5.º de Navarra tuvo los cañones cristinos poco menos que entre las manos.
—Eso no es verdad: lo niego como testigo que fui.
—Los batallones que mandaba Villarreal también pudieron ganar algunas piezas, y no las ganaron.
—Lo dudo.
Callaron ambos, y mientras el consejero se paseaba, Fago retrotraía su imaginación al día y campo de la refriega de Arquijas, buscando en sus recuerdos la certeza o falsedad de lo que su patrono afirmaba. Nunca había tenido Fago muy alta idea de las dotes intelectuales del señor don Fructuoso, y en aquella ocasión no encontró motivos para rectificar su criterio sobre este punto. Tiempo es de decir que se hallaban en una estancia grandísima de superficie, mas tan baja de techo que parecía un pajar; indigno alojamiento de funciones políticas y burocráticas que constituían algo semejante a un ministerio de nuestros días. El piso de madera ofrecía ondulaciones como las del mar; desnudas de todo adorno estaban las paredes, y los muebles eran dos papeleras desvencijadas y una mesa, que más bien parecía mostrador, atestadas de legajos. En una habitación próxima, abuhardillada y polvorienta, trabajaba el individuo que era como la representación sintética de todo el personal del departamento, un pobre chico, acólito en Oñate, donde le ayudaba las misas a Fago, en campaña escribiente, secretario y ayuda de cámara del señor consejero. Lo mismo le limpiaba las botas que extendía la minuta de un real decreto. Natural era que viviese con tales estrecheces y privaciones una corte ambulante, más rica en entusiasmo y fe que en materiales recursos, y en la cual las dependencias de un gobierno embrionario funcionaban difícilmente, corriendo de un pueblo a otro con los archivos en una galera, los tinteros vacíos, y las cabezas más llenas de esperanzas que de sólidas ideas.
En pueblos tan pobres como Artaza, gracias que pudiera alojarse con relativo decoro la Católica Majestad, ocupando los cómodos aposentos de la casa del cura. Los del séquito, reducido en aquel tiempo, por consejo de Zumalacárregui, al personal absolutamente indispensable para el real servicio, se aposentaban donde podían, no desdeñando los desvanes, graneros y cuadras, cuando no se encontraba cosa mejor. Cien hombres escogidos daban escolta al Cuartel Real, y solían dormir en la sacristía o dependencias de la iglesia, o en la sala del Ayuntamiento, teniendo por cama común el suelo duro y frío. La suerte era que ninguno se quejaba: no hay colchón como la fe.
Antes de proseguir hablando, reconoció el consejero las dos puertas de la habitación, cerrándolas después cuidadosamente, y ni aun así dio a su voz toda la sonoridad que acostumbraba.
—Dejando a un lado si pudimos o no pudimos tomar piezas, ello es, amigo Fago, que esta desviación de las operaciones hacia Guipúzcoa es un gran desatino. Todas las personas entendidas en asuntos militares lo censuran: el rey..., y le advierto a usted que nuestro augusto soberano posee un gran conocimiento de las cosas militares..., el rey, digo, no parece muy satisfecho de las disposiciones tomadas últimamente por su generalísimo. Claro que esto no puede decirse, y yo se lo digo a usted con la mayor reserva...
—Y con toda reserva pregunto yo: ¿acaso Su Majestad piensa cambiar de general en jefe?
Al oír esto, volvió don Fructuoso al examen y revisión de puertas, y con la certidumbre de que nadie le oía, dijo: