—Aquí, en confianza, amigo Fago, estamos preparando un real decreto por el cual Su Majestad, inflamado en intenso fervor religioso, elige por Generalísima de sus ejércitos...

—¿A una mujer?

—A la Purísima Concepción, y se pone bajo el amparo de la excelsa Señora, para que dé la victoria a las armas que se esgrimen en defensa de la fe de nuestros padres.

—¡Oh!..., me parece muy bien. Es una nueva muestra de la piedad de este excelso príncipe... Pero la Virgen no ha de ponerse al frente de las tropas..., creo yo, y siempre ha de haber un hombre que desempeñe las funciones del orden práctico y material, en el bien entendido de que si esas funciones no son desempeñadas con criterio y rectitud, de poco valdría, ¡ay!, la tutelar protección de la Reina de los Cielos.

XXII

Tras una pausa en que uno y otro parecían embebecidos en hondísimas meditaciones, prosiguió Fago:

—Lo que pregunto a usted es si piensa Su Majestad variar de generalísimo... terrestre.

—No creo que, por ahora, de eso se trate. Su Majestad, mientras los acontecimientos no prueben que Zumalacárregui va por mal camino, no puede retirar a este su confianza. El señor es hombre de gran prudencia y tacto, y toma sus resoluciones después de bien meditadas...

—¿Hay acaso en el Cuartel Real personas que hayan demostrado o demuestren aptitudes excepcionales para el gobierno de un ejército?

—Acá para inter nos, amigo Fago, la organización de tropas y el llevarlas al combate y a la victoria, previo estudio del terreno en que han de pelear, me parece a mí que no es ciencia tan sublime como algunos creen. Vea usted lo que han tenido de Aníbales o Pompeyos nuestros generales más afamados. Y no quiero hablarle a usted de los guerrilleros. La mayor parte de ellos ladran... Para mí es cuestión de sentido común y un poco de sangre fría, ni más ni menos. En el Cuartel Real tenemos sujetos de gran conocimiento en estos asuntos, algunos del orden civil. Cuando el soberano nos hace el honor de reunirnos en su tertulia, hablamos, discutimos, y haciendo la crítica menuda de las marchas y disposiciones del general, unas veces nos parecen bien, y otras..., ¡qué quiere usted que le diga!..., nos parecen medianas.