—¿Y al consejo áulico de Su Majestad no asisten militares? La opinión de estos me parece muy digna de tomarse en cuenta, y no es esto despreciar el criterio de los señores del orden civil.
—¿Militares dice usted? Su Majestad tiene a su disposición a más de cuatro que se distinguieron en la guerra de la Independencia y en la campaña realista; hombres de conocimientos, de práctica en la manipulación de tropas, y señalados además por la firmeza y fervor de sus creencias religiosas. Sin ir más lejos, aquí está el señor González Moreno, de quien debemos esperar días gloriosos para la causa; persona muy sensata, muy grave, de las que a mí me gustan... ¡Pocas palabras, ¿me entiende usted?, una seguridad en el juicio, una entereza en el carácter!... Tenga usted por cierto que con ese no juegan los caballeros constitucionales y masónicos.
—Y ese señor González..., ¿quién es? Perdone usted mi ignorancia. ¿Con qué hazañas, o siquiera hechos de algún viso, ha ilustrado su nombre?
—Por Dios, amigo Fago, ¿de qué dehesa sale usted? ¿Es de veras que no ha oído nombrar al señor González Moreno, el afamado gobernador militar de Málaga, que en los últimos años de don Fernando VII descubrió y aniquiló la conspiración de Torrijos y otros corifeos del democratismo, atrayéndolos de Gibraltar a Málaga, y...?
—Ya, ya sé... Si he de hablar con franqueza, señor don Fructuoso de mi alma, esa página histórica no resulta muy gloriosa que digamos...; expreso lo que siento..., y bien mirado, ello es un acto político más que militar.
—Yo le aseguro a usted —afirmó el consejero enfáticamente—, y puedo probarlo, que el señor González Moreno posee en grado altísimo talentos militares, con los cuales emulará, Deo volente, a los caudillos más insignes.
Con estas salidas de tono, expresadas en el lenguaje oficinesco que tan bien manejaba, solía tapar don Fructuoso las bocas de diversos personajes, amigos o rivales suyos, con quienes comúnmente departía, y que si no le eran inferiores en cacumen, no le llegaban al zancajo en la emisión de conceptos graves, de fácil sonsonete persuasivo. Fingió Fago que se convencía, y aceptando al señor Moreno por un segundo Napoleón, se permitió poner en duda la ciencia militar de los que sahumaban con vano incienso la persona del llamado rey legítimo.
—Dejemos este asunto del cambio de general —dijo luego don Fructuoso desarrugando el ceño— a la autoridad augusta del soberano, y ocupémonos en lo que es de nuestra humilde incumbencia. Encargado estoy de velar por la seguridad de esta gloriosa monarquía; a mí me compete el acechar a los enemigos, el buscarles las vueltas y atajarles los pasos. Creo haber adquirido noticias de grandísimo precio para desbaratar las intrigas de los constitucionales; pero la red es tan espesa, amigo mío, que aún me falta coger muchos de sus hilos. Los que andan sueltos por ahí espero atraparlos con la ayuda de usted.
—¡Yo! ¿Qué puedo hacer yo, triste de mí?
—Mucho, amigo Fago, mucho. Las dudas que acerca de su lealtad me asaltaron al verle hoy, se han disipado. Creo en su inocencia. Para creer en su adhesión incondicional a la causa, necesito que me preste usted un servicio..., ¡ah!, un servicio que no vacilo en llamar eminente.