—Dígamelo pronto, y si es cosa que puedo y sé...
—¿Que si puede y sabe? No se le exige ciencia militar ni teología dogmática. Esta no es empresa de guerrero ni de sacerdote.
—¿Pues de qué?
—De hombre..., simplemente de hombre, señor Fago. La causa exige de usted en estos momentos que deje a un lado las aptitudes militares, si es que las tiene, y las disposiciones evangélicas, para no ser más que el José Fago vulgar, el de marras.
—No entiendo, señor don Fructuoso: explíquemelo mejor.
—Más claro: necesito que vaya usted en seguimiento de esa mujer, que la rastree, que la persiga, que la encuentre y me la traiga.
—¿Esa...?
—Esa Me..., o como quiera que se llame. No se haga usted el tonto. Yo le señalaré un itinerario seguro para encontrarla. Verá usted cómo no falla, y cobraremos esa hermosa pieza, ya se disfrace de monja dominica, ya de aldeana rústica o ama de cría. Para ganar su confianza y apoderarse de sus secretos, empleará usted los medios que crea eficaces, cualesquiera que sean, pues la santidad del fin todo lo justifica y ennoblece. Quiero decir que no sea usted remilgado, pues esa debe de ser pájara de cuenta..., en fin, ¿qué he de decirle, si usted mejor que yo la conoce?
—Señor don Fructuoso de mi alma —dijo el capellán con gran consternación, palideciendo—. Yo no puedo desempeñar esa comisión..., yo no quiero ni debo ver a esa mujer, a quien conocí y traté más de lo conveniente, en mis tiempos de seglar desalmado y libertino. Mi conciencia me prohíbe avivar el fuego que sofoqué para bien de mi alma... No me lance usted a ese peligro, por Dios; se lo ruego...
—¡Hombre, qué ridículos escrúpulos!... Yo no le digo a usted que caiga nuevamente en el pecado, ni de eso se trata. Ya sé que hablo con un sacerdote. Pero la causa es la causa, y no se la puede servir eficazmente sin algún sacrificio... No pido el sacrificio de la conciencia; basta con el de los actos, basta con una apariencia de... Poniéndome en su caso, entiendo que no me sería difícil conquistar o reconquistar la voluntad de esa hembra, conservando mi conciencia en paz, y ofreciendo a Dios la pureza de mis intenciones y el servicio que presto a la fe, como garantía de la nulidad de algún pecadillo formal que pudiera cometer..., formal digo, de forma, per accidens..., usted me entiende.