No se mostró el aragonés muy entusiasmado con estos ofrecimientos, y atento no más que a disponerse para la misión que se le encomendaba, pidió a don Fructuoso dos onzas, con lo cual creía tener lo necesario para su viaje. Díjole el consejero que aguardase hasta el día siguiente, porque la Real Intendencia estaba a la cuarta pregunta, y para proveerle de los fondos necesarios, era preciso retirarlos de otras obligaciones. Tenía que conferenciar con el mayordomo de palacio, con el superintendente, con el colector de rentas, y con media docena más de figurones y ministriles que a la sazón se alojaban, rodeados de papelotes, en las míseras casas, graneros o zahúrdas de Aranarache.
Al día siguiente, puestas en manos del capellán las dos peluconas, quiso don Fructuoso darle instrucciones y marcarle un itinerario, conforme a los datos que de sus golillas y soplones había recibido; pero Fago no admitió que en aquel punto se le dirigiera.
—¿Qué quiere usted? ¿Que yo busque a Saloma, que la encuentre, que la coja y me la traiga? Pues déjeme a mí la disposición de los pasos que tengo que dar para obtener este resultado. Y si lo obtengo, no me pregunte el cómo, el cuándo, ni el dónde. Yo me entrego a mi instinto, en la confianza que este sea más afortunado que lo fueron mis altas, mis nobles ideas. Adiós.
—Guíele Dios, y acompáñele la Virgen bendita.
—No creo que la Generalísima intervenga para nada en esto.
—Debo decirle, amigo Fago, que no tenga escrúpulos por tratarse de emprender la captura moral y física de persona perteneciente a una orden religiosa. Eso no; convénzase de que no es monja: si viste el santo hábito, es como disfraz de sus pérfidas maquinaciones. No haya, pues, escrúpulos; no haya, pues, el temor de ofender a Dios... Dios está con nosotros.
—¡Ah!... ¡Dios...! No llevo el propósito de ofenderle... Quizás me resulte que podré servirle, arrancando al demonio un alma hermosa, extraviada. Aún espero realizar una acción grande y bella. Puede que tras de este instinto surja un esfuerzo brioso de la voluntad. No lo sé. Me dejo llevar del instinto, que a veces nos guía mejor que la razón... Adiós otra vez.
Y salió en aquel mismo instante, solo, vestido de aldeano, y se perdió en las veredas fragosas que conducen a Maestu. ¿A dónde iba? Realmente no lo sabía, y al tomar aquella dirección, como habría tomado otra cualquiera, no hizo más que entregarse al ciego acaso, saboreando el goce de prever lo que le deparase, como saborean los jugadores las presunciones y corazonadas que preceden al manejo de los naipes.
Hasta la noche, después de descabezar un sueño en la venta de Eulate, no surgieron en su mente determinaciones claras del camino que debía tomar. «Me voy a Estella —se dijo—. No sé por qué imagino que no he de perder el tiempo». Nada le ocurrió al segundo día que merezca mención; pero al tercero, caminando hacía Zúñiga, sorprendiéronle unos aldeanos con la noticia de que el ejército carlista iba sobre la Berrueza para dar batalla al general Lorenzo, sucesor de Córdova en el mando de la división. Esto le movió a cambiar de ruta, pues no gustaba de encontrarse con sus compañeros de armas en los días de Mendaza y Arquijas. Nada temía de Zumalacárregui, porque le constaba que se le habían escrito expresivas cartas dándole explicaciones de la desaparición del sargento Fago en la batalla del 12 de diciembre. En el amañado relato, se suponía que recibió una herida en el cráneo; que se extravió en las oscuridades de la niebla; que fue a parar cerca de Estella, donde cayó gravemente enfermo, con afección a la vista. Se decía también que habiéndose presentado, ya restablecido, en el Cuartel Real, el señor Arespacochaga le había encargado el importantísimo servicio de organizar, entre el clero regular navarro, colectas para las atenciones de la guerra. A pesar de que estas testimoniales del Cuartel Real le aseguraban contra todo castigo, no sentía maldita gana de verse en presencia de Zumalacárregui, ni de Iturralde, ni del coronel del 5.º de Navarra. Torció, pues, su derrotero, discurriendo qué haría para no infundir sospechas en el campo cristino, hacia el cual resueltamente se encaminaba.
No lejos de Genevilla, donde se tomó un día de descanso, dijéronle unos pastores que en el propio Arquijas, lugar sin duda predestinado para batallas, se había dado una de las más sangrientas entre las tropas de don Tomás y las de Lorenzo. Unos y otros tuvieron muchas bajas; pero la victoria fue de la facción. Seguidamente, Zumalacárregui atacaría la guarnición de Los Arcos, para lo cual había mandado que le llevaran de la sierra de Urbasa un cañón muy grande llamado el Abuelo, y los dos obuses que el artillero señor Reina le había fabricado con chocolateras, almireces y badilas. Invitáronle aquellos infelices a recogerse y pasar la noche en una cabaña que a tiro de piedra se veía, y el capellán aceptó gozoso, por la confianza que los tales le inspiraban, como gente hospitalaria y sencilla. En la cabaña le dio modesto albergue una mujer tuerta, afable, que al punto preparó para todos la cena, consistente en sopas con grasa de cabrito, y luego castañas cocidas con leche. Encima de esto echaron el cuartillejo de vino, con lo cual rompieron todas las lenguas en un despotrique animadísimo sobre lo bien que iba el negocio de la guerra en Navarra y Guipúzcoa, y los malos ratos y berrinches que estaba pasando el señor de Mina, por no poder hacer nada de provecho contra la facción.