—La semana pasada —dijo uno de los pastores— le vi en Puente la Reina. ¡Ay, qué malo está el pobre! ¡Ojos que te vieron en la otra guerra y que te ven hoy! Antes tan gallardo, ahora como una horquilla; ayer daba miedo su cara, y hoy da compasión. Monta en una mula blanca, y lleva en su Estado Mayor dos señoras muy guapas. No se rían: son dos burras de leche..., no toma más alimento el pobre que la leche de borrica.
—¿El pobre? —dijo otro—. Pues no paice sino que bebe vino de los infiernos, según es de sanguinario y afusilador. Está dado a los demonios porque no gana, y la corajina la desfoga en el cuitado que cae en manos de su tropa.
Sosteniéndoles gallardamente la conversación, aguardaba el capellán coyuntura favorable para hacerles una pregunta de grande interés, y hallada por fin la oportunidad, les dijo:
—¿Podríais vosotros darme alguna noticia de las monjas dominicas de Los Arcos, que por ruina del convento quedaron desalojadas, y anduvieron después por estas tierras, sin encontrar, ¡las pobres!, un rincón sagrado en que guarecerse?
—¡Anda, anda, señor: si todas las que corrían por aquí —dijo la tuerta— eran monjas de engañifa!... ¡Pues no han dado poco que hablar las tales! Entre ellas venía una frescachona y muy dispuesta que la llamaban doña Bernardina, de la cual dicen que era un mozo vestido de mujer.
—Y con esa —dijo Fago prontamente— iba otra más guapa todavía, alta, morena, ojos negros...
—Sí, señor. Bien se conoce que la ha visto.
—Moza efectiva, no marimacho; pero que no es monja más que por el traje.
—Todo es como lo pinta, señor. ¿Lo ha visto?
—¿Sabes el nombre de esa?