Poco después de anochecido, dio parte el médico de que a Gorria se le podían contar los momentos que le quedaban de vida. Acudió Fago junto a su amigo, y le halló con conocimiento, aunque por minutos se le nublaba.

—Buen Gorria, ¿qué es eso?

—Nada, que me muero... No puedo más... Como soy tan grandón, la muerte tiene que tirar mucho para llevarme... Por eso me duele...

—Ánimo; ¿quieres beber vino?

—Hombre, sí..., y muérame pronto con este bendito trago.

—A hombres de tu temple no se les entretiene con vanas palabras. ¿Llega el momento de pasar de esta vida perversa a la vida inmortal? Pues a morir con entereza de soldado cristiano, valiente en los combates, más valiente aún en este trance último.

—¡A morir, valientes...! ¡Viva Carlos V, viva Dios!

—¿Tienes algo que disponer? ¿Tu conciencia tiene algún pecado de que descargarse? Dímelo, y ten confianza en Dios.

—Si no es pecado el guerrear y desearle al enemigo todos los males, ningún pecado tengo, señor de Fago; pues ni mentira, ni estropicio, ni nada de mujeres encuentro en mi conciencia, por más que en ella rebusco. Y si algo hay de que no me acuerdo, perdónemelo Dios y lléveme a su santo seno... Soy soldado de la religión... Muero peleando contra los ateístas... Señor mío Jesucristo...

Siguió rezando entre dientes, mientras Fago con entera voz le encomendaba. Aprovechando un momento lúcido, le preguntó si tenía algo que disponer tocante a intereses. La respuesta fue breve: