—¿Vive?
—No sé. No debieras pensar en ella más que para pedir a Dios que la conforte en su desgracia, y que la aparte de los caminos del mal. ¿Para qué preguntas por mi prima con ese afán? ¡Ay, José Fago, tú no perteneces a Dios; perteneces al demonio!
—Solo Dios me posee —replicó el clérigo con vivo afán—. Por Él te pido que no me ocultes lo que sepas de tu prima.
—Sabrás que al tener conocimiento de la muerte de su padre, vino a mi convento... Quería entrar en religión.
—¿Dónde estaba, qué hacía cuando mataron al alcalde?
—Estaba en tierra de Álava: no sé más... La recibimos, la consolamos. Al poco tiempo nos vimos arrojadas de nuestro convento por las tropas que defienden el ateísmo, y salimos, nos desbandamos: unas hermanas fueron por este lado, otras por aquel. Estuvo mi prima en mi compañía una semana. Después... Pero no te digo más, no quiero ni debo. Un interés mundano es lo que te mueve a preguntarme por esa desgraciada... No me lo niegues. Tú eres malo, tan malo ahora como entonces, y estás profanando la orden que recibiste, y ultrajando con tu conducta y con tus pensamientos al Señor nuestro Dios... No te digo nada, no me preguntes nada, y déjame... En tus ojos conozco la maldad de tus intenciones. Vete; apártate, monstruo.
Y uniendo la viveza de la acción al vigor de la palabra, huyó de aquel sitio antes que el desconcertado capellán pudiese contestar a sus airadas y despreciativas razones.
XXIV
No dándose por vencido el aragonés, pidió permiso al jefe del convoy para agregarse a el, decidido a poner sitio en regla a la fiereza de la monjita. Siguieron todo aquel día por sendas y vericuetos, y en el descanso de los carros a la caída de la tarde, hallándose junto a Gorria, que se agravaba de un modo alarmante, vio a las dos monjas en los carros delanteros, y platicando con ellas a Mariano Zapico, el veedor o contadorcillo del Cuartel Real, que don Fructuoso le había designado como competidor suyo en la comisión de atrapar a la volandera Me.
«Este mentecato —se dijo— practica el espionaje por su cuenta, y sabrá congraciarse con el consejero, llevándole mil enredos y fábulas novelescas. Veo que asedia a la monjita Ulibarri. Trabajo le mando: es una fierecilla. Cuando vivía en el siglo, sus padres no podían aguantarla: le conocí lo menos doce novios; con todos reñía, y les hacía reñir unos contra otros; traía revuelto al pueblo, y por causa de ella llovían puñaladas. De pronto le dio la ventolera por la religión... El fuego de su alma apasionada escapábase por aquel registro. Sus padres vieron el cielo abierto cuando la chiquilla manifestó tal vocación, y acelerando los preparativos por temor de que se arrepintiera, metiéronla en las dominicas de Los Arcos... Es organista y cantora. Sigámosla hasta que cante..., que al fin cantará».