—Horrible cosa es la guerra, que no respeta la vida del hombre, ni el honor de la mujer.
—¿Y ellas —dijo la tuerta con avinagrada voz y gesto— por qué van a buscarlo? ¿Qué tienen que hacer las mujeres allí donde deben estar solos los hombres en su obligación? La enagua en casa, y en la calle y en la heredad el calzón. Luego no se quejen de que las afusilen... Bien afusiladas están.
Nadie se atrevió a replicar a tan sabios conceptos. Fago, taciturno, se retiró al humildísimo lecho que le habían preparado, y a la mañana siguiente muy temprano partió, andando largo trecho con los pastores. En Narcué encontraron un convoy faccioso de heridos de la tercera acción de Arquijas, que iba hacia la Améscoa, custodiado por alaveses, entre los cuales Fago apenas tenía conocimientos. Lejos de intentar escabullirse, su generoso corazón le impulsó a llegarse a los carros, en la parada que hicieron para proveerse de agua fresca, y ofreciéndose a prestar cualquier auxilio que fuese necesario, examinó a los heridos, buscando semblantes de amigos y compañeros. A no pocos reconoció; muy viva fue su pena al ver entre ellos al grande, al gigantesco Gorria en lastimoso estado, con un balazo en el hombro derecho y otro en el muslo. El poderoso atleta sufría con cristiana entereza el dolor de su carne, y estrechando la mano del amigo, díjole que no sentía morirse más que por no ver triunfante la causa del rey católico. En cuatro palabras le dio idea de la acción librada frente al Ega, la más encarnizada y mortal de aquella campaña.
—Perdidas muchas almas; pero ganadas y bien ganadas las posiciones. Ahora a Los Arcos.
Aprovechando el alto, fueron curados los que más necesidad tenían de emplastos y vendajes; dieron alimento a los que lo pidieron; agua y vino a los sedientos, que eran los más; a todos frases de consuelo y esperanza. En los carros que iban a la zaga, se habían muerto dos antes de llegar a Narcué. Ayudó Fago a poner los cadáveres en tierra, y hallándose en este trajín, vio dos monjas dominicas que prestaban servicio sanitario en la galera próxima. Al llegarse a ellas con viva curiosidad, una de las dos, joven y agraciada, le miró atentamente. El capellán no desconocía, no, aquel rostro que, a pesar de las tocas y de la monjil compostura, no había dejado de ser vivaracho. Ella fue la que primero se arrancó a hablarle:
—José Fago, ¿crees que no te conozco? En tres años poco has cambiado. ¿No sabes quién soy?
—Oh, sí —replicó el capellán con alegría, súbitamente iluminada su memoria—. Eres, el nombre no lo recuerdo..., la hija de don Valentín Ulibarri, de Villafranca de Navarra, prima hermana de...
—Soy Pilar Ulibarri. Cuando yo profesé, tú eras un perdido. Luego te hiciste sacerdote... ¿Qué clase de sacerdote eres? ¿Eres bueno, o un demonio coronado?
—No hables así, Pilar. El pasado es negro, todo miseria, ruinas, muerte, sangre. Hemos nacido en días trágicos. De tu familia nada queda. Murió tu padre; pereció a manos de la venganza militar tu tío don Adrián. Dime, dímelo pronto: ¿has visto a Saloma?
—Sí.