—El día que entramos —dijo Uva— le vimos a usted trabajando en San Pedro. Pero no quisimos decirle nada por no llamar la atención..., que nosotros tenemos que andar con mucho ten con ten para que nos consientan nuestro tráfico... Sepa el señor capellán que en la guarnición hay algunos jefes aragoneses, y entre ellos uno que... Tengo por cierto que ha de conocerle a usted, porque es de la Canal de Berdún, o de junto a Tiermas.
—¿Cómo se llama?
—Don Rodrigo de Arbués..., alto, seco... Paréceme que es comandante o teniente coronel... No estoy seguro.
—¡Loado sea Dios! —dijo Fago tan conmovido, que poco le faltó para echarse a llorar...—. Es mi primo, primo segundo mío, y amigo cariñoso desde la infancia. En la edad feliz, de los veinte a los veinticinco, hemos hecho juntos bastantes diabluras... Por lo que más quieras en el mundo, Uva de mi alma, hazme el favor, hazme la caridad de ir en su busca ahora mismo, y decirle dónde estoy y el mísero estado en que me encuentro.
Prestose el buen hombre a desempeñar la caritativa comisión, y dos horas después tenía Fago el indecible consuelo de verse estrechado en los brazos de su amigo y pariente don Rodrigo de Arbués.
XXV
—Chiquio, el demonio que te conozca. Eres el cadáver de ti mismo —le dijo con noble y cordial efusión—. ¿Cómo has llegado a ponerte tan flaco y amarillo? ¿Dónde y cómo caíste prisionero? ¿Qué ha sido de ti desde que fuiste a Oñate?...
Al cúmulo de preguntas que le hizo, no pudo contestar Fago más que con expresiones de alegría y reconocimiento; pero repuesto de la alegría que el feliz encuentro le produjo, emprendió el completo relato de sus desventuras, cuidando de emplear cierto método histórico, para que Arbués pudiese formar juicio, y resolver algo que condujese a la terminación de aquel horrible cautiverio. Hablaron toda la tarde; la situación del prisionero cambió radicalmente, y el jefe de la prisión le mostró gran benevolencia; la esperanza brillaba en los espacios, y sonreía en el alma del pobre capellán. Despidiose Arbués diciéndole que estuviese tranquilo; él hablaría con su coronel, jefe de la plaza, que le estimaba mucho, y pronto se resolvería lo más conveniente (estilo militar).
Al siguiente día por la tarde, oyó Fago de su primo esta extraña proposición:
—Chiquio, darte la libertad de buenas a primeras, sin trámite de la Auditoría militar, paréceme difícil; proporcionarte la evasión, no es imposible, ni aun difícil; pero el coronel no quiere gastar esas bromas. Teme que aproveches tu libertad para volverte a la facción y pelear contra nosotros. Si nos das una garantía de que no harás armas contra la reina, se buscará un medio de que seas libre mañana mismo.