—¿Y su enfermedad —dijo el párroco no sin malicia—, es real, o un nuevo ardid estratégico y político?
—Es real. Padece de la orina. Bien se le conoce en la cara ese alifafe... Figúrome que exagera un poquito, con la intención marrullera de que Su Majestad, que le aprecia verdaderamente, ceda en sus resoluciones por no contrariarle.
—Pero a buena parte va —observó uno de los racioneros, que por su gordura no cabía en ningún sillón y tenía que mantenerse en pie—. Tenemos un rey que por su carácter entero, así como por su religiosidad, merecería gobernar todita la Europa.
—La cuestión es la siguiente —dijo Arespacochaga, a quien faltaba poco para reventar como una bomba de la satisfacción que el dar noticias auténticas le causaba—: varias casas holandesas han ofrecido a Su Majestad un empréstito de consideración tan pronto como caiga en nuestro poder una plaza de importancia... Quien dice plaza de importancia dice Bilbao, que además es villa de gran riqueza, y podría darnos un botín cuantiosísimo, señores. En fin, repetiré textualmente las palabras de Su Majestad, que oí de sus augustos labios: «He decidido que tan pronto como te restablezcas y te halles en disposición de poder montar a caballo, te dirijas a Bilbao».
—Textual, ¿eh?
—Y él..., naturalmente, ¡cómo había de atreverse a contradecir el soberano mandato!
—Hizo protestas de sumisión, obediencia y lealtad... ¡Qué menos, señores! Pero a renglón seguido, con muchísimo respeto, hubo de presentar su opinión contraria a la del rey, y a la de todos los dignatarios, así civiles como militares, que teníamos voz y voto en el consejo. Allí nos habló de los inconvenientes y peligros que a su juicio ofrece el asedio de Bilbao, y de la facilidad con que podría tomar a Miranda y Vitoria. Ganadas estas dos plazas, la invasión de Castilla será cosa de un par de semanitas.
—No estoy conforme —dijo el párroco gravemente, tomando y ofreciendo de su rapé oloroso—. En las cosas de guerra se prefiere siempre lo fácil a lo difícil. Si ese criterio prevalece, que nos den el mando a los curas, y pónganse los militares a rezar.
—Justo..., esa es mi opinión y la de todo el que discurra con buena lógica —afirmó Arespacochaga—. Acométanse las cosas difíciles, que las fáciles, las de cuesta abajo, por sí solas se resolverán luego. Pues bien, señores: a mí me tocó la honra de concretar la cuestión en el consejo. Su Majestad tuvo la dignación de pedir mi dictamen, y yo..., respetando las razones estratégicas que expuesto había mi señor don Tomás, llevé el problema al terreno político, alegando altas razones, de más peso que las razones militares, y mirando al decoro y dignidad del trono. Palabras mías textuales: «¿Tiene el general don Tomás Zumalacárregui fuerzas para tomar a Bilbao? Si considera que no las tiene, nada digo. Pero si cree, como creen conmigo otros príncipes de la milicia, a cuya autorizada opinión me remito, que tiene fuerzas sobradas para tal empresa, no debe hablarse una palabra más del asunto. Pues el rey quiere que se tome a Bilbao, esto basta para que se intente la empresa, no siendo, como no es, imposible».
—Bien, admirable..., ¿y qué contestó?