—Por de pronto, ni una palabra. Parecía desconcertado. Su rostro de color de cera permaneció inalterable. El rey, mientras yo peroraba, no quitó de mí sus ojos, asintiendo con fuertes cabezadas. Zumalacárregui, apremiado por Su Majestad para que concretase si era posible o no tomar la plaza, no se atrevió a negar que poseía fuerza bastante para tal fin. Allí nos habló de que las dificultados podrían sobrevenir después. Pero no nos convencimos, ni Su Majestad tampoco. En fin, señores, el consejo acordó el ataque a Bilbao..., y mande quien mande las operaciones, Bilbao será nuestro antes de quince días.
—¡Mande quien mande! —repitió Ibarburu—. ¿Luego cree usted probable que dimita?
—Sí; pero también creo que no se le admitirá la dimisión. Si se le aceptara, no faltaría un general de grandes miras y conocimiento que llevara nuestros batallones a este gran triunfo, y así lo llamo porque Bilbao carlista es el empréstito holandés, y con dinero, que es lo único que nos falta, haremos un caminito seguro y breve por donde las reinas de Madrid se vayan a Francia, y nosotros a la Villa y Corte.
Siguieron haciendo caminitos y cuentas galanas hasta que les sirvieron el chocolate con que el Capítulo les obsequiaba, y tomado este, Ibarburu se fue solo a la calle, taciturno y caviloso. No sabía a qué carta quedarse, ni a qué santo encomendar el logro de sus desmedidas ambiciones. ¿De qué le valía adular a Zumalacárregui si este dimitía? Y si no dimitía, ¿qué eficacia tendrían sus adulaciones a González Moreno y Arespacochaga? Su instinto cortesano, afinado por la ilusión de la mitra que quería ponerse en la cabeza, le guió hacia el alojamiento de don Tomás, que era el palacio de los Elóseguis, amigos suyos; y en el portal salió a su encuentro Celestino Elósegui, a quien con viva ansiedad preguntó: «¿Dimite o no dimite?».
Llevole adentro y arriba, y tuvo la suerte de sorprender al general en uno de esos instantes en que la espontaneidad no puede contenerse, y en que se manifiestan sin rebozo los sentimientos que llenan el corazón. Acompañaban a don Tomás su amigo íntimo don Juan Francisco de Alzaa, y el dueño de la casa, D. Matías Elósegui. Quitándose el capote y arrojándolo sobre una silla, como si con él arrojara la investidura de general en jefe, dio una patada y dijo con rabia:
—Esto es inaguantable... Ya lo presentía yo... ¡Tener que ejecutar proyectos que juzgo disparatados en el estado actual de cosas!
Sin hacer gran caso de lo que tímidamente le dijo don Matías para calmar su irritación, dejose caer en un sofá con notorio desaliento, y expresó con estas graves palabras la grande agitación de su noble espíritu:
—Dejo a la enfermedad o a una bala enemiga el cuidado de sacarme de esta situación.
Oído esto, se arrancó Ibarburu con un encomiástico discurso, pronunciado con cierto énfasis político:
—Mi general, quien ha conquistado los lauros que enaltecen el nombre glorioso de Zumalacárregui, ese nombre escrito ya con letras de oro en el libro de la historia, nada debe temer. Donde vaya Zumalacárregui irá la victoria. Nuestro rey reina por el esfuerzo de este gran caudillo, y por el camino de Bilbao, lo mismo que por el de Vitoria, con la ayuda de Dios nuestro Padre, y de la Reina de los Cielos María Santísima, las tropas que con sabia mano rige vuecencia llevarán a la corte de las Españas al representante de la monarquía legítima y de los derechos de la religión.