¡Ah! Es que cuando un pueblo tiene por gobernantes hombres que ni prevén las catástrofes, ni pechan con responsabilidades; cuando tiene por gobernados a quienes ni cuidan de echar a esos hombres, ni castigarles, cual merece su dejación, su torpeza, su ignorancia o su debilidad, y aguanta paciente el derrumbamiento de nuestro poderío colonial y hasta marroquí, nada de extraño habrá verle también impávido ante esta otra maniobra política, indigna de hombres, no ya de políticos, que impide por todos los medios llevar a cabo esta magnífica empresa que traía consigo la reforma de las costumbres sociales y morales, vigorizando el corazón, iluminando la mente y obligando a ejercitar la voluntad decidida del pueblo español.

No se realizó, pues, esa campaña, con los augurios que de ella se hizo, con las esperanzas que en ella se habían cifrado; pero, ¿se dejará, por esto, de llevarla a cabo, aunque sea lenta, indirecta, pero enérgica, insistentemente?

Queremos ser nosotros los promotores de ella y deseamos sea, con este nuestro libro, el primer paso a realizarla, esperando ser secundados por cuantos sientan en su pecho amor a España y en su espíritu cariño a la Religión Cristiana[9].

Y ningún arma puede esgrimirse mejor que la Ciencia aunada a la doctrina de Dios, pues que se transforma en el divino verbo, y, así como las tinieblas desaparecen con la luz, así el error desaparecerá con la verdadera ciencia[10].

Y ¿dónde hay más ciencia filosófica, ni más divinidad de palabra que en los Ejercicios de San Ignacio?

Ese libro, sólo comparable, después de la Biblia, con el Kempis y con el Quijote, por su universalidad y por su difusión, fué lo bastante para matar el luteranismo y el protestantismo[11].

¿Por qué, pues, no estudiarle hoy, no ya como causa de esa milagrosa transformación en la vida espiritual y material del hombre, y aun de las sociedades, sino como campo de investigaciones filosóficas, como base para fundamentar un sistema, como principio de creación de una escuela en el sentido filosófico?

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Muchas veces habremos sentido en el fondo de nuestro ser la dolorosa agonía de este hombre interno que vive como emparedado entre nosotros, porque el aire que necesita son las ideas, la sangre que debe animarle son las convicciones razonadas; y las ideas y las convicciones en los modernos tiempos—ha dicho un ilustre pensador—no dejan de ser sino exquisitos manjares, reservados para pocos, y por los que suspira la hambrienta inteligencia de nuestro pueblo.

Pues en el libro de Ignacio se nos pone bien claramente de manifiesto la síntesis de toda esta doctrina, porque él nos muestra ese hombre que llevamos dentro de nosotros mismos, y nos proporciona ideas nuevas, sanas y saludables; convicciones firmes y arraigadas; pensamientos honrados y altos y, con todo esto, sacia esta hambre y esta sed a todo el que se acerca a su mesa.