Claro es que, como toda obra grande, los Ejercicios, de San Ignacio, han dado lugar a grandes controversias y desorientaciones[12]; mas también han producido en muchas inteligencias y en no pocos corazones efectos bien saludables.
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Movidos por esto habremos de presentar el cuadro de dudas, temores e inquietudes que asaltan a la generación contemporánea cuando intenta levantarse a la pura región de las ideas, y que son causa de ese desasosiego, de esa contradicción en que vive Europa, y que hace que presenciemos ese rápido y sangriento panorama de revoluciones y guerras que han venido a confundir y trastrocar imperios, repúblicas y monarquías.
Quizá nunca como en este siglo de vanidad y sutileza, de vacuidad y erotismo, encontremos tendencias más opuestas, doctrinas más subversivas y heterogéneas. Y es que el siglo XX, nacido en un cráter de revolución y alimentado por una guerra, la más grande que registra la Historia en sus anales, ha visto caer imperios de anchas fronteras que sucumbieron al empuje de la Europa entera (¡que tanto fué menester para vencerlos!) y escuchado atrevidas negaciones que han declarado desierto el Cielo, por no decir desaparecido, huérfana o desolada la tierra, levantando altares al Dios Exito y a la Diosa Fortuna.
Pero dejemos hablar sobre estos particulares a quien tiene la suprema autoridad, a quien lo ve todo desde lo alto del Vaticano; cedamos la palabra a quien mejor puede hacer uso de ella, por ser la más exacta y la más fiel de la realidad; dejemos que hable, en fin, nuestro Santísimo Padre Pío XI, pues él nos describirá la situación de Europa tal cual es, con el verismo, con la realidad, con la amarga realidad que tanto apena a su magnánimo corazón y su paternal sentimiento.
“Los hombres—nos dice en su primera encíclica[13]—, las clases sociales y los pueblos no han encontrado la verdadera paz después de tan tremenda guerra.
“Parecen escritas para nuestros días las inspiradas palabras de los grandes profetas: Esperábamos la paz y no había bien; tiempos de curación, y he ahí el temor y la turbación; esperábamos la luz, y he ahí las tinieblas; esperábamos juicio, y no le hay; la salud, y se ha alejado de nosotros.
“Las repetidas tentativas de estadistas y políticos para curar los males de la sociedad, agitada y enferma, no han servido para nada.
“Otro mal mucho más deplorable es la misma trabazón social amenazada y sacudida por hombres y partidos subversivos, principalmente por la lucha de clases, que ya ha llegado a ser la enfermedad más inveterada y mortal de la sociedad, que acecha todas las fuerzas vitales: trabajo, industria, arte, comercio, agricultura, todo, en fin, lo que contribuye al bienestar público y privado. De ahí las revoluciones y motines, las reacciones y represiones, el manifestarse con amenazas y públicos movimientos y aun con cubiertas rebeliones y otros desórdenes.
“Y, como si esto fuera poco, aumenta en el santuario de la familia la corrupción y la licencia de las costumbres; el pudor de las mujeres y de las niñas conculcado en licencia del vestido, de la conversación, del lúbrico solaz de bailes inverecundos; con manifiesto insulto a la miseria de los otros, haciéndose cada vez más provocadoras la ostentación y la impudicia de aquellos que las repentinas ganancias hicieron ricos, pero no mejores.