“Los hombres ya no son hermanos entre sí, como dicta la ley cristiana, sino enemigos y extraños; se ha perdido el sentido de la dignidad nacional y del valor de la persona humana, con el solo fin de gozar más y mejor los bienes de esta vida, olvidando los bienes espirituales y eternos; y para arrancarse esos bienes perecederos chocan rudamente y se destrozan individuos y pueblos.”
¿No es ésta la verdadera visión de la realidad?
La voz del Pontífice ha resonado por todos los ámbitos del mundo y ojalá haga enmudecer a los hombres y a los pueblos.
Y en medio de esta turbación general y de este espanto, de esta confusión científica y de este círculo vicioso, se levanta la ciencia filosófica, la verdad eterna, la voz de un hombre que habla a sus hermanos como podría hacerlo el Redentor a sus hijos, Ignacio de Loyola, y nos revela los derechos y deberes del hombre para con Dios, para con sus prójimos, para consigo mismo.
Esto, claro es, sobrecoge a la humanidad y quizá la detenga en su marcha vertiginosa de vicio y de crápula, abriendo ancha senda por donde camine la civilización y el progreso, recogiendo, además, a cuantos caminan por la vida sin rumbo, sin brújula, sin ideales, sin creencias, sin ciencia ni fe, sin religión y sin Dios, sin timón, en fin, donde aferrarse, porque son juguete del embate de las olas de las pasiones, de los vicios, de una ciencia falsa, de una religión acomodaticia.
Ignacio consigue romper estos diques y valladares, y sacará de las tinieblas a los que estaban cegados por falsas leyes, por principios falaces, por instituciones ficticias, y conseguirá también evitar el que unos, reclinados quizá en el seno del escepticismo, busquen el remedio a sus males morales con el suicidio de la inteligencia; otros, invoquen a la materia y miren con un amor profano a la tierra a la que han de volver, juzgando que su destino limítase a que el cuerpo viva y crezca; éstos, que amordazan la razón y la conciencia; aquéllos, mascullando verdades racionales y destinos que el hombre ha de cumplir en su terrenal existencia, haciendo ver a todos cómo buscando la vida del amor divino y del temor a Dios se encuentra un gran lenitivo al angustioso vivir que les atormenta.
Siguiendo a San Ignacio, cada cuál podrá declarar muy alto y muy orgulloso cuál es el ideal de su vida, cuál la ley moral que acata y con la que relaciona su existencia. Ya no habrá aquello de buscar, como en la mayoría de las gentes se observa hoy en día, en prácticas externas la satisfacción de las necesidades morales y religiosas, o creer indigno de su alteza personal rendir acatamiento a verdades supremas y creerse ligados con deberes externos tan sólo a los demás hombres; ni bastará, tampoco, creer llenar su vida con verdades de sentido y de experiencia, juzgando visión todo lo que se refiere al orden nacional, ni juzgar como ley suprema de la vida acomodar sus actos a las exigencias sociales, sino que hay que hacer el bien por el bien mismo, hacerse comprender de todos por su caridad, por su sumisión, por su amor y por su abnegación.
De ahí que al estudiar esta portentosa vitalidad del espíritu de Ignacio y al leer las páginas de sus Ejercicios nos sintamos animados, alentados, vigorosos y potentes para prestar auxilio a los náufragos de ese inmenso Océano de la ciencia enciclopédica moderna y a animar a los pocos que, con serena frente y ánimo resuelto, se lanzan al fondo de su conciencia y buscan un punto de partida para perseverar, apoyados en él, hasta poseer la verdad primera que sea verbo redentor en el mundo de la inteligencia.
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Cuando consideramos, pues, las diferentes luchas a que se ve condenado el hombre en el curso de su vida, hasta llegar a conseguir la verdad, ninguna nos parece más grande ni más angustiosa que la que libra para vivificar su corazón y para ver con la luz clara el ideal esplendente en que debe desenvolver su existencia.