Por esto, quizá, no sea tanto de extrañar este espíritu general de tolerancia y benevolencia que reina en el examen y definición de las doctrinas, pues bien se ve cumplida la sentencia de aquel poeta inglés, Byron: La ciencia es el dolor; y remedándola, podríamos decir: “La verdad religiosa es el continuo sacrificio del hombre”, pues que para profesar esta doctrina se ha tenido que atravesar un purgatorio, en el que, a veces, muere no sólo la inteligencia, sino también la propia voluntad; y al través de esa predicación se comprende que aquellas palabras son fruto nacido entre tormentas intelectuales, y, por eso, hemos de acatar con respeto al hombre cuando vemos que abarca la sana doctrina tras lucha titánica y prolongada con el error.
Y si descendemos al fondo de nosotros mismos e interrogamos a nuestro espíritu sobre esta confusión, veremos que nos dice que no es otra la causa que la falta de verdad en la Filosofía moderna[14].
He ahí por qué creemos casi imposible una existencia social donde falte la concepción de las verdades eternas, y es imposible que se ande sobre la base sólida en religión cuando se desdeña el culto de la Filosofía.
La Historia nos pone, además, de manifiesto, cómo todos los grandes beneficios que la humanidad ha alcanzado han tenido su origen y han provenido de las verdades filosóficas proclamadas por esta raza divina que comienza en Sócrates y continúa perpetuándose, como gloriosa dinastía, produciendo los hombres más venerandos de la humanidad.
Y esta verdad la vemos corroborada por la simple reflexión de las verdades contenidas en el estudio de la Filosofía, y que son las que más tarde surgen y se levantan como diosas en los distintos templos; y según sea el carácter o sello que la Filosofía imprima en su frente, así será el culto que se las tribute y la veneración en que se las tenga.
El derecho, la humanidad y la naturaleza son ideas y seres que la Filosofía define y revela. De aquí nace, sin duda, que las generaciones modernas busquen siempre en el estudio de la Filosofía la clave de los problemas todos, que, como poderosas esfinges, se presentan ante su vista y a su atención, sin que puedan conocerse de otro modo que por lo esencial, lo eterno, lo necesario, lo racional: por eso la ciencia moderna se consagra con tanto entusiasmo al estudio de la razón o al órgano de las verdades absolutas, por cuyo medio es posible la ciencia, pues sólo la razón, con la fe, puede darnos el conocimiento de Dios, principio y fundamento de todo ser y de todo conocimiento; y por eso, también, la ciencia filosófica y los psicólogos son considerados hoy como forjadores de sueños, y la metafísica, algo así como esa evocación de las vulgares supersticiones.
No ocurre esto con el libro de San Ignacio, tan combatido por el incoherente Castelar, pues que en él forja, no sueños de la vida, sino la realidad de la vida misma; y con esa lógica, con esa metafísica, con esa psicología plasmantes, a través de las cuales presenta al hombre tal y como es, con sus flaquezas, con sus debilidades morales, con sus macas y con sus espirituales laceraciones, nos hace ver cómo en él se encierra todo un cuerpo de doctrina filosófica y toda una escuela.
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Muchas veces la Ciencia sólo nos cautiva en su parte de aplicación, y las más de las veces cuidamos poco de los principios que la determinan; pero inquirimos con solicitud sus aplicaciones a la vida social, y, llevados por esta necesidad de obrar que nos atormenta, preferimos siempre la solución concreta a las largas y laboriosas indagaciones sobre la naturaleza; preferimos siempre la revelación a la demostración; corremos fácilmente tras las brillantes creaciones de la fantasía, y siempre nos encuentra recelosos y suspicaces al raciocinio[15].