Pero el libro de San Ignacio nos enseña la verdad; pues presenta siempre ante nuestros ojos, no sólo al Dios del Diluvio y de Sodoma, sino que también nos ofrece al Dios de la Bondad y de la Misericordia; pone en los labios las terribles maldiciones de los profetas, pero lleva al corazón las promesas gloriosas del Nuevo Testamento y de la Redención de la Humanidad.
La doctrina, pues, que encierra ese admirable libro de San Ignacio es bella, admirable y sublime.
“En pocas partes—dice Menéndez y Pelayo[16]—puede aprenderse tan bien como en el libro de los Ejercicios, de San Ignacio, la diferencia entre el bueno y el mal espíritu; el verdadero y el engañoso; como que el conocimiento que allí se da no es tanto especulativo como práctico, y más que para saber, para obrar.”
Y no es de extrañar; porque, elevado al seno de la Divinidad, fuente de todas las perfecciones, y hablando Dios por él, ¡qué torrentes admirables de verdad, de belleza y de sublimidad no se deslizan de su pluma!
Bien quisiéramos llegar a la entraña de estas doctrinas filosóficas, encerradas en ese libro de oro; mas quizá nuestras fuerzas no alcancen a tanto, porque las obras de Dios sólo Dios puede explicarlas.
Las rayos del sol—dice un ilustre teólogo—, al atravesar un prisma, o ciertos cuerpos, suelen descomponerse y tomar los colores de éstos.
Plegue al cielo que, antes de profanar la santa doctrina que ahí se encierra, enmudezca nuestra lengua y se pare nuestra pluma.
Humildes, como somos, tenemos, sin embargo, el deseo legítimo de permanecer incólumes ante tanta desorientación científica, y anhelamos llevar los rayos de nuestra pequeña inteligencia por doquiera, pues colocada sobre el celemín, de que habla el Evangelio, podrá irradiar, no por la propia fuerza, ni por el impulso propio, que no los tiene, sino por la fuerza y el impulso que la preste la verdad que defiende, la ciencia que la alimenta, la razón que la apoya y la fe que la vivifica.
En esto, fiados, emprendemos nuestra obra y esperamos salir airosos de ella, pues, como dice el castellano adagio: “¡Dios sobre todo!”
Madrid, 19-III-XXII.