¡Ah! Si siguiéramos el rumbo trazado por esta moral, si nos acercáramos a su cumplimiento, veríamos práctica y palpablemente cómo nos íbamos aproximando a la perfección que deseaba llevar San Ignacio con su libro a cuantos en él estudiaran y meditaran seriamente.
Un ilustre escritor ha dicho[268]: “Es muy fácil formar sistemas perfectos para ángeles, pero imposible para hombres”. Vivimos en sociedad y no es necesario ser profundo filósofo para observar y conocer que no sólo nuestras inclinaciones y deseos, sino aun nuestros derechos, los más legítimos e incontrovertibles, se hallan muchas veces, sin quererlo nosotros, en lucha con los deseos e inclinaciones de nuestros semejantes; y donde hay lucha necesaria, no puede haber paz continua; y donde la paz se altera, no puede haber orden constante y absoluto, y sin orden, sólo soñando, se puede imponer la perfección, pues los elementos permanentes de contradicción y guerra existen dentro de nosotros y contra nosotros mismos: Video autem aliam legem in membris meis repugnantem legi mentis meæ”[269].
Pues he aquí la ciencia filosófica de San Ignacio en el libro de los Ejercicios.
Él ha formado un sistema perfecto para hombres, pues precisamente en el saber dominar nuestra voluntad, refrenar nuestros deseos ante los de nuestros semejantes, está la perfección, así como el de saber vencer en esa lucha titánica entre el hombre bueno y el hombre malo que en nosotros mismos se encierra, haciendo que triunfe la virtud, la serenidad, la templanza y el amor, sacrificando cuanto no sea esto, a fin de crearnos un nuevo yo que responda a esa moral y a esa filosofía propia de los hombres perfectos, de los que saben en su corazón las esencias de la virtud, del bien y aun de la santidad.
Se nos dirá que esto es dado a pocos, pero no es porque busquen esto todos, sino porque sólo esos pocos son los que tal buscan y por lo que se afanan. Hay muchos que beben las aguas de una fuente; mas pocos son los que conocen su origen o manantial, y menos aún los que han ido en su busca y han gozado de sus primicias.
Y no se crea que para conseguir esto es menester renunciar a prudentes goces, ni menos cortar los vuelos de la inteligencia, sino que, por el contrario, débese no limitarla mezquinamente al tiempo y fijar nuestra mirada en la inmortalidad y, como atletas que recorren el estadio con la vista clavada en el premio que le aguarda, emprender nuestra carrera con ardor por el camino de la conciencia y de la virtud, alumbradas con el resplandor de la fe, avivadas con el calor de la esperanza y vivificadas con el hálito de la caridad, pues, de lo contrario, daríamos a entender que somos y valemos muy poco cuando no podemos atender a un tiempo a dos objetos que no se contradicen, la virtud y la vida, Dios y el hombre.
He aquí, expuesto de una manera sintética, cuanto abarca filosóficamente el inimitable libro de los Ejercicios.
¿Habrá alguien que se resista a conceder el título de gran filósofo a su autor?
Creemos haber ahondado bastante en ese tan rico manantial de fecundos principios filosóficos para darlos a conocer clara, concreta y definitivamente, para que no haya lugar a duda; pues cuando se camina con la antorcha de la verdad y con el báculo de la razón sana, aunque el camino sea áspero, se sortean fácilmente todos los escollos y se vencen todos los obstáculos, llegando al fin triunfantes y vencedores.
¿Lo hemos conseguido?