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Los Ejercicios de San Ignacio son, pues, como la luz que guía a las inteligencias, como el faro de un puerto que descubre al piloto el término de su viaje[262] y el lugar de su descanso[263], advirtiendo bien a las claras que cuantos esperan la completa felicidad en este mundo, pegan demasiado su corazón a la tierra, y claro es que su mirada, aun extendida y dilatada, no ve más allá de la tumba nada que les atraiga y deleite; mientras que quienes no confían en esta felicidad, ni descansan hasta obtenerla en la eternidad, conocen perfectamente lo que son, apercibiéndose de que su permanencia en el mundo es transitoria, que el estado presente de la humanidad no es definitivo, hecho observado ya por Cicerón y otros pensadores; por lo cual preciso se hace poner la conciencia delante de todos los actos, como la estrella de los Magos, para moderar nuestros deseos de estabilidad, incompatible con nuestro estado de peregrinos.

Allí nos pone de manifiesto también cómo el amor cristiano, subiendo a la Divinidad, se depura y embalsama, para caer como celestial rocío sobre sus semejantes, con esa igualdad que se encierra en la fórmula ama al prójimo como a ti mismo, principio de tal fuerza moral y filosófica que la han aceptado cuantos en el templo de la Filosofía han entrado a orar, no a hurtar; a satisfacerse, no a farisear.

Nuestro Santo y filósofo se muestra a sus hermanos extendidos los brazos, como su modelo Jesucristo, y, con solo esto, consigue que sus hijos puedan penetrar en las espesuras de los desiertos, sin más objeto que abrasarlas con fuego inextinguible y convertir las fieras en hombres y los bosques en fértiles campiñas, como decía San Francisco Xavier.

Como un gran filósofo, Ignacio nos resuelve aquellos tres grandes problemas que ponían espanto a los gobernantes y a los filósofos de su época y aun vienen preocupando a los modernos enciclopedistas.

Estos tres problemas son: libertad, igualdad y fraternidad, y dice: ¿Queréis libertad verdadera? Mandata Dei servate. Respetad, temed a Dios y observad sus mandamientos. Amad a vuestros hermanos, dando a cada uno su derecho y renunciando al vuestro, si es menester, con generosidad y desprendimiento, procurando la paz para todos[264].

Si esto se llevara a cabo veríamos a los legisladores cambiar sus tronos y sillas de marfil por el bufete de administradores de sus conciudadanos.

¿Queréis la igualdad? Quod superest date elemosinam. No se puede pedir una igualdad absoluta, porque no existe[265], pero sabed que los bienes de que gozáis sólo es a título de administradores, pero con la condición de aliviar y socorrer a los desgraciados y desvalidos, que son genuinos representantes de Cristo Jesús; y si olvidáis este deber, tendréis que escuchar aquella voz aterradora que os dirá: “Porque hiciste mal uso de los talentos que te di, caerás al fuego como madero seco, para arder eternamente en la Justicia Divina[266].

¿Queréis fraternidad? Diligite inimicos vestros. Amad a vuestros enemigos, que también son hermanos vuestros, y amadlos más precisamente porque el error les ciega, la ira les domina, el vicio les tiene encenagados, y, por tanto, habéis de procurar atraerlos al buen camino[267].

¿No son éstas las reglas de la moral filosófica y cristiana más sublimes, más prácticas, más necesarias, porque quizá sean las que estén más olvidadas o, por lo menos, más inaplicadas?