En la fe da forma concreta al ideal; en la esperanza se promete su definitiva y cabal realización al fin de los tiempos; en la caridad anticipa ese día venturoso, se engolfa en las delicias, en el torrente de voluptuosidad de la bienaventuranza, agranda, agiganta, empuja hasta lo infinito la satisfacción que produce el cumplimiento del deber, y, al través de ella, contempla extasiada, acaricia el conocimiento pleno y acabado de la verdad, la fecundidad y fertilidad infinita del amor, el escalonamiento, progresión y difusión definitivo de los momentos de la vida.
Ese ideal, la felicidad eterna de nuestro ser, ante la que mudas se postraron la fe y la esperanza, el amor lo arrebata, lo asimila, se abraza y funde con él, y, en ese estrecho abrazo, le da el último toque de viva realidad, le da toda la significación, virtualidad y alcance que tiene.
El Santo filósofo nos dice cómo con la fe mira el hombre a Dios como irradiando en su entendimiento los fulgores de su infinita sabiduría; cómo en la esperanza le ve recompensar nuestros méritos y ceñir nuestras sienes con la corona del triunfo, y cómo en la caridad se aboca cara a cara con Dios mismo y se siente capaz y ganoso de poseerle.
Amamos a Dios—nos dice—porque es digno de ser amado, porque es el océano infinito de todas las perfecciones, porque es dueño de sí mismo[261].
Tan ardiente debe ser nuestra aspiración hacia Dios, que debemos despojarnos de toda traba, de todo temor, de todo lo que no sea objeto de nuestro amor y, olvidándonos de nosotros mismos, lleguemos a confundirnos con Dios y descansando en Él.
Por eso el Apóstol de las Indias hubo de exclamar así, endiosado:
Muéveme tú, mi Dios, y en tal manera,
que aunque no hubiera Cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
Sublime paradoja, que es la mejor fórmula de la caridad humana.
Y esta caridad no es temor a la pena, no es respeto a la autoridad, no es utilidad calculada, ni gratitud, ni placer.
Y, sin embargo, es todo eso de una manera más profunda y sublime siendo el amor cristiano un impulso libre y desinteresado que nos mueve a realizar el ideal de lo bueno y de lo perfecto por la satisfacción y el placer que en ello encontramos, es el desbordamiento de un corazón que rebosa generosidad e intensidad de vida, es el altruísmo cristiano, cuyo primer prójimo es Dios mismo.