Entre el hombre y su Dios abrió la fe un abismo en fuerza de empujar hasta lo infinito la limitación y relatividad de la vida: en un Dios infinito, inmutable, único, eterno, inmenso y dueño de sí mismo consagró, de una manera gráfica y viva, la protesta de su impotencia ante la tiranía y el fragor rudo y estrepitoso de la existencia, su ambición suprema de dominar la vida.
La misma fe que lo abrió, salva su abismo, que parecía no poderse vadear.
Ignacio nos pone de manifiesto cómo con la gracia se diviniza el hombre, se eleva a la dignidad de hijo de Dios, destinado a participar de la misma vida divina; real y verdaderamente en otra vida mejor[253], en la consumación de nuestros destinos por medio de la visión beatífica y del amor bienaventurado; y en esta vida de una manera imperfecta e incoada por medio de la fe, de la esperanza y de la caridad.
Y es que el Santo filósofo vió el pecado en el remordimiento, en la ruptura de la armonía interior de nuestra alma, en la ansiedad, en el temor, en la turbación y palpitación violentas del corazón, que son, en definitiva, los afectos y sentimientos de que hablan los filósofos[254].
Vió, también, Ignacio el dolor y la muerte sentados sus reales sobre la haz de la tierra; vió al hombre sujeto al sufrimiento, al trabajo rudo, a la esclavitud de sus brutales instintos y aviesas inclinaciones, a la muerte, en fin, y vió a la naturaleza toda gimiendo bajo el peso de la vanidad e inestabilidad y pidiendo a voces su liberación y redención; en frase de San Pablo dijo: la naturaleza está manchada con el pecado, y como lo vió nos lo presenta, con los vivos colores, al hablar de los tres pecados.
Pero continúa exponiéndonos el remedio de salvación y nos muestra cómo el Verbo eterno encarnó[255], sufrió y murió en la cruz, redimiendo de esos pecados al género humano[256], quedando el hombre y la naturaleza rehabilitados en la esperanza spé salvi facti sumus[257], que dice el Apóstol. Sí; somos salvos en la fe, en la esperanza y en la caridad: he ahí los tres vértices del triángulo divino que ha de redimir la humanidad, que más bien se funden en uno solo como Dios (la fe), bajo esos tres aspectos.
Por eso nos pone de manifiesto que la fe, en lo que antes de la redención vió el castigo y consecuencias del pecado, en las penalidades, en el dolor, en la muerte, vió, después de efectuada aquélla, el estímulo de nuestro perfeccionamiento, el medio de prueba, el instrumento y agente de la rehabilitación[258].
Que la esperanza columbra en lontananza, al través de las negruras y cerrazón del horizonte de la vida, el día venturoso, purificante y glorificador[259].
Y que la caridad hace del dolor y del sufrimiento fuente de aguas vivas, que en colosal surtidor salta hasta la vida eterna, fuente de inefable placer, de indecible satisfacción; verdadera ave fénix que hace surgir la vida de la muerte, porque posee a fondo y domina el sentido real de la vida, y lo acepta resignada, lo abraza gustosa en perspectiva de sus fecundos y gloriosos resultados.
Uno y mismo es el espíritu que informa a estas tres manifestaciones de la religión; pero en la caridad desenvuelve toda su virtud y eficacia[260].