Nuestro Santo parece que, con maravillosa intuición, se adelantó a su siglo, y en el libro de los Ejercicios dejó fuertemente asegurado ese puente de oro y establecida la armonía entre la fe y la ciencia, hijas ambas de Dios, que es la Verdad, e incapaces, por tanto, como hermanas, de vivir en pugna y contradicción, y se anticipó a los días de aparatoso saber que hemos alcanzado, en que sabios, neciamente orgullosos, crean soñados conflictos entre el dogma y la ciencia, entre la gracia y la libertad humana, afirmando que, para creer, es necesario dar garrote a la razón, y haciendo del hombre una máquina inconsciente e irresponsable de sus actos; nueva generación de curanderos sociales, que quieren sanar las llagas de la decaída humanidad prescindiendo de la única medicina salvadora, que prestan de consuno la fe y la cristiana filosofía, y acudiendo al empleo de una farmacopea de desatinos y delirios[246].
¿Y cómo no engarzar a esa corona el monumento más duradero que el bronce, aere perennis, y semejante a las colosales pirámides de Egipto, las cuales permanecen, a través de los siglos, incólumes e impertérritas, desafiando las tempestades de los tiempos y los trastornos profundos de las generaciones y de las razas?
En él está echado el cimiento de la verdadera Filosofía, pues en él se demuestra la necesidad de la Providencia; cómo ésta dirige los acontecimientos, sin coartar en nada el libre albedrío del hombre, por lo cual puede obrar a su antojo y con plena responsabilidad de sus actos, ya que sabe que a Él le debe cuanto es, que de Él depende y a Él ha de dar cuenta de sus obras, para el triunfo del Bien, de la Verdad y de la Justicia[247].
Los que siguen la voz del Eterno Padre y de su Unigénito Jesucristo irán al “Reino de Cristo” y pertenecerán a “la bandera de Cristo Señor Nuestro, sumo capitán”; los que se apartan de sus celestiales enseñanzas, es que se alistan en la “bandera de Lucifer, mortal enemigo de nuestra naturaleza humana”[248], y, por ende, merecerán “las penas del infierno”. Pero aun estos mismos, sin darse cuenta de ello, trabajan por la realización de los fines providenciales del Señor, como sucedió, en el Oriente, a Babilonia, para el conocimiento de la Ley Antigua, y en el Occidente, a Roma, para la difusión del Cristianismo.
En este libro admirable se han empapado las Teresas de Jesús, las Marías Magdalenas de Pazzis, los Felipe Neris, y sirvió de norma a los Franciscos de Sales, Borromeos, Paúles, Blosios, de Avila; Granadas, Leones y multitud de hombres; bebiendo en él sus preciosas teorías incontable número de personas que a él debieron su salvación.
En ese libro, en fin, se hallan refutados, victoriosamente, todos los sistemas heterodoxos de Filosofía; lo mismo el psicológico del napolitano Vico, que el psicológico panteísta de Hegel; que los fatalistas de Herder y Condorcet, que el panteísmo de Krausse y el ecléctico de Víctor Coussin.
¡Honor, pues, a la ciencia y al genio, y venga el arte a realzar esa corona así entretejida, haciéndola más bella con el esplendor del orden[249], corona del talento del hombre privilegiado a quien el Señor dotó de sabiduría y prudencia grande; del hombre cuyas frases llenan de hondo sentido y de una cuotidiana realidad, por sentencias y apotegmas; del hombre que impone veneración y respeto al mundo docto; del hombre que ha recibido las aclamaciones universales de la Iglesia Santa[250] al supremo magisterio del cual sometió siempre con humildad los dictámenes de su razón poderosa; del Santo, en fin, en cuyo espíritu han cincelado el suyo innúmeros habitantes del Empíreo[251].
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En los Ejercicios nos expone también la teoría de la gracia[252].
¡Y cuan admirable y divina es esta teoría!