CAPÍTULO IV

La verdadera ciencia dimana de Dios.—Influencia de la Filosofía de los «Ejercicios» en el Mundo.—Teoría de la gracia.—Síntesis de la doctrina filosófica que se encierra en los «Ejercicios».

Pobre es en demasía el mundo del humano saber para dar al genio la magnífica limosna de la verdad, que le pide con ansias devoradoras. Entretiénele con migajas que le arroja, alardeando de esplendidez, las cuales, en modo alguno, bastan a saciarle.

Esa rica limosna pidió también Ignacio, cuando, ya en los años de madurez, asistía a las aulas y sentía en su inteligencia y en su corazón un vacío y el estímulo nobilísimo hacia la Verdad, ese ídolo que él había creído abrazar muchas veces y se le había tornado en sombra desvanecida, le aguijoneaba fuertemente, para buscarla en su realidad pura, fuera del mundo de las ilusiones engañosas; allá, donde únicamente existe, donde la buscó Salomón, donde la buscó Agustín, en la cima del Monte Santo, en el piélago de la luz increada, en las reverberaciones de lo inmutable y lo inmenso, en Dios, fuente eterna de la Verdad.

La luz de la divina gracia iluminó aquella inteligencia, llenando su vacío con el rico, inefable don de la inspiración y de la sabiduría; desaparecen entonces a los ojos del capitán Iñigo los espejismos de la falsa ciencia, las negruras de la ignorancia; y, desvanecidas las nubes de la pasión pujante, que empañaba el sol limplio y esplendoroso de la Verdad, contemplando, de hito en hito, con mirada de águila, y queda tan prendado de sus hechizos y soberana belleza, que rompe en aquella sublime exclamación que siglos atrás la pronunciara el converso Casiano: “¡Tarde llegué a amarte, ¡oh!, hermosura siempre antigua y siempre nueva! ¡Tarde te hice entrega de mis amores!”[242].

Nos cuentan los sagrados libros que, al descender Moisés de las cumbres del Sinaí, apareció circundado de luz deslumbradora, recibida en presencia de la Divinidad. Parecía que de su rostro salía fuego sagrado, y fué esto lo bastante para infundir el terror en el pueblo versátil, entregado a la degradación y al abominable culto del becerro de oro.

También Ignacio, bañado en torrentes de luz celestial, empapado en la Ley de Dios, en las Sagradas Escrituras y en los libros de los Santos Padres, irradia de sí, cual otro Moisés, resplandores de doctrina sobrehumana; y de la caldeada fragua de su mente salen los rayos de su palabra, ora enérgica, acerada y penetrante[243], como espada de dos filos, para combatir los errores de su tiempo y los enemigos de la Religión; ora plácida y dulce[244], para enfervorizar a las almas buenas; ora profunda y amena[245], para adoctrinar y persuadir; pero siempre impregnada del suave bálsamo, del celo amoroso, siempre embelesadora, discreta y sentenciosa, eco fiel de su inspiración divina, y tan varia, tan rica y tan fecunda, que apenas es suficiente la vida de un hombre para saborear, ejercitar y cumplir cuanto en los Ejercicios expone.

Y la conciencia de Dios, alcázar suntuoso alzado por Ignacio, forma una ciudadela hermosa de ciencia filosófica y de santidad, y la une con puente de oro al alcázar de la fe.

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