Y quien desprecia la razón, o la toma como única base de argumentación, suele ocurrir que se convierte en un ególatra.
Lutero despreciaba la razón, y tuvo aquel rasgo de soberbia luzbélica de erigirse en legislador supremo de una Iglesia que él fundara, para que cubriera sus impudicias y sus sacrilegios. Lamennais escribió páginas inimitables y llenas de elocuencia contra la razón, y, sin embargo, intentó también regenerar el mundo tomando por única base su razón sola.
Y es que no se puede prescindir de ninguna de esas dos ruedas con que ha de caminar el carro de la inteligencia, para llevar, digna y decorosamente, en su trono, la Verdad cristiana, que es la única Verdad.
Claro está que para llegar a ésta se sienten flaquezas, abatimientos, dificultades; mas, ¿qué empresa no lleva consigo anexas todas éstas?
De aquí que deduzcamos, como consecuencia lógica, que la Filosofía no muere, ni se debilita, por estar a la sombra de la Religión, sino que, por el contrario, se fortalece, se vivifica y se hace más clara y más asequible a las inteligencias; y, si a esto unimos que se supedita a la razón, tendremos completo ese cuerpo de doctrina, esa ciencia, mater omnium scientiarum, y por ella, y con ella, encontraremos la Verdad única, incontrovertible y eterna, cual es la Verdad cristiana.
No hay que decir cómo nuestro Santo fué guiado de esa antorcha de la fe y de esa luminaria de la razón, para encontrar la Verdad increada, y en ella pudo posarse.
Bien lo demuestra en su libro de oro, que analizado queda desde el punto de vista filosófico, y bien puede incluírsele entre las obras de los más esclarecidos, de los más grandes filósofos españoles.
Ya lo dió a entender el insigne Menéndez y Pelayo, cuando, hablando de él, expresó este acertadísimo juicio:
“Aquel hidalgo vascongado, herido por Dios, como Israel, a quien Dios suscitó para que levantara un ejército más poderoso que todos los ejércitos de Carlos V, contra la Reforma, San Ignacio es la personificación más viva del espíritu español en una edad de oro. Ningún caudillo, ningún sabio influyó tan portentosamente en el mundo. Si media Europa no es protestante, débelo, en gran manera, a la Compañía de Jesús[241] y al libro admirable de su fundador, los Ejercicios espirituales, lleno de luz y de ciencia para las almas todas y para todos los corazones”.