De donde se deducen estas tres proposiciones; a saber:
Toda proposición confirmada por el Evangelio o aprobada por la Iglesia, es verdadera.
Toda proposición desmentida por el Evangelio o condenada por la Iglesia, es falsa.
Toda proposición sobre la cual nada haya dicho ni el Evangelio ni la Iglesia, es indiferente.
Así vemos, pues, que los filósofos se pierden en disputas y disquisiciones sobre el origen y el fin de las cosas; pero muchos de los sabios cuyos nombres resuenan por todo el mundo no encuentran ni un rayo de luz para alumbrar el caos de sus doctrinas, ni una palabra de consuelo para saciar la sed de verdad de sus discípulos y secuaces, ni aciertan a encontrar una fórmula que, por lo menos, cubra, como con un manto protector, su impudicia o su ignorancia. Y es que caminan sin esa antorcha de la fe que sabe y puede inundar de luz las mentes y las inteligencias que a ella se acogen.
¿Hay Dios? ¿Hay uno o muchos? ¿Cuál es su naturaleza, cuáles sus atributos? Leed a Platón, a Cicerón, a Aristóteles, a los más grandes hombres de la antigüedad, y ¿qué encontráis? Errores, incertidumbres, tinieblas[239]. Leed, en cambio, la Sagrada Escritura; leed el libro de los Ejercicios Espirituales, de San Ignacio, y os encontraréis con que la fe os habla de este modo: Hay un Dios, eterno, infinito, inmutable, inmenso, criador, conservador, ordenador de todas las cosas, cuya providencia se extiende a todo lo criado; a cuyos ojos, tanto lo pasado como el porvenir, está patente; para quien el corazón del hombre no tiene secretos, porque todo lo conoce, todo lo ve, abarca todos los extremos, todo lo dispone con suavidad, vela sobre el justo y aun sobre el pecador, reservando para otra vida la sanción de sus actos.
Además, encontraréis también que por la fe se halla explicación a la existencia del alma y su inmortalidad; el libre albedrío para escoger el camino del bien o la senda del mal; el origen de los distintos y aun contrarios pensamientos que el hombre suele tener; la causa de sus males, sus remedios, sus compensaciones; todo, en fin, lo vemos explicado con sabiduría, tan digna de admirarse, que cuando paramos mientes en examinar todos los sistemas, teorías, escuelas filosóficas, parécenos asistir a una babel científica o a juegos infantiles, en los que nunca se entienden.
¿Y qué decir de esa otra luminaria que llamamos razón?
El mismo Proudhon[240] dice que “La razón, bajo el nombre de ciencia, conocimiento, episteme, gnosis, o bajo el más moderno de filosofía, aspiración a la ciencia, se ha puesto en oposición con la fe y ha aspirado a la posesión de la verdad; no ya sobre aquella sentencia fides ex auditu, sino por medio de una contemplación directa, sicuti e facie ad faciem; es decir, cara a cara. Ver la verdad en sí, con la sola garantía de sus ojos y de su razón, es, evidentemente, descartar la suposición de la existencia de un criterio”.
Mas, ¡ah!, que estas frases, más que encomiásticas, son un verdadero insulto y un denuesto a la razón, porque ésta viene a ser como una parte integrante de la Filosofía, y, de tal manera, que bien pudiera decirse que es una cualidad sine qua non que puede estar en la Filosofía.