A propósito de esto, discurre un sabio jesuíta, el Padre Roothaan, de la siguiente manera: “Todas las cosas criadas de suyo son indiferentes, puesto que todas pueden igualmente o desayudar o ayudar a la consecución del fin del hombre. La misma Filosofía humana conoció con lumbre natural esta verdad, cuando enseñó que todas estas cosas no son, propiamente, ni buenas ni malas, sino adiáfora, indiferentes. Y, siendo esto así, nada, ciertamente, más puesto en razón y más oportuno en orden a nuestra salvación eterna, nada más conforme con la verdadera sabiduría, que el mostrarnos del todo indiferentes con todas las cosas del mundo. En todo lo que es concedido a nuestro libre albedrío y no le está prohibido. Añádase, con razón, esta cláusula, porque, si bien todas las cosas per se son indiferentes, sin embargo, con relación a nosotros, y tomadas en particular, hay muchas que la ley divina, el propio deber, la justicia, la caridad, nos mandan, o precaver o rechazar con todas nuestras fuerzas, y muchas que nos mandan procurar o conservar, las cuales, por tanto, con relación a nosotros, son verdaderamente o buenas o malas, y, por lo mismo, no es concedido a nuestro libre albedrío que, acerca de ellas, estemos indiferentes.”

Pues dondequiera que interviene la voluntad de Dios, que prohibe o manda hacer algo, irremisiblemente debemos nosotros querer o no querer lo que quiere o no quiere Dios.

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Cuando repasamos la historia de la Filosofía y, a través de sus páginas, nos encontramos con tantos grandes pensadores, con teorías tan desemejantes, con sistemas tan diversos, con escuelas tan opuestas y con tesis tan varias, no podemos menos de reconocer que todo esto obedece a una sola causa; a saber: a que, a pesar de sus trabajos, sus desvelos, sus afanes y su ciencia, no han llegado a penetrar en ese santuario augusto que se llama la verdad cristiana.

Y esto, ¿por qué? La razón es obvia: para llegar a una meta, es preciso conocer el verdadero camino y seguirle recto; y si, por acaso, ha de recorrerse en noche obscura, precisa ir provisto de luminarias, de antorchas que, con su luz esplendente, vea por dónde camina y pueda ir con paso firme y seguro. Pues bien: para llegar a la meta de la verdad cristiana, ya lo hemos visto, muchos han querido ir a ciegas o con la sola luz de la razón o con la única antorcha de la fe, y, claro es, que como la una ha de completarse con la otra, pues la primera es reflejo de la segunda, no han podido llegar a esa meta, a ese santuario, para postrarse, rendidos, ante la verdad cristiana.

Porque la fe, según el Apóstol, es el argumento de las cosas no aparentes: argumentum non aparentum; es decir, que no son susceptibles de evidencia o certidumbre intuitiva.

“Ahora bien—argumenta Proudhon—; las cosas que no aparecen constituyen la mayor parte de los objetos que ocupan el espíritu y la conciencia del hombre; de donde resulta que, como no sea por la fe, según dice San Pablo, no podemos saber nada, o casi nada, de las cosas del Universo, ni de la humanidad. Por ahí ha venido a ser la fe un criterio para el espíritu”[238].

En las cuestiones dudosas, la mayor parte de los hombres no conocen mas que la fe. Y, si siguen la razón, o es sin saberlo o es para prescindir de aquélla; pocos utilizan ambas, porque no conciben la razón sin un decreto, ni la Filosofía sin su criterio.

El cristiano, pues, armado con esta fe, puede poseer muchas de las cuestiones filosófico-morales, pues todas ellas están bien expresamente manifiestas ya en palabras de Cristo, consignadas en las Sagradas Escrituras, ya en las interpretaciones que de tales cuestiones da la Iglesia, única autoridad docente.