Por eso coloca al ejercitante en el estado de ánimo capaz de conocer y de sentir, de amar y aborrecer, y procede, filosóficamente hablando, con tal correlación, que, psicológicamente, le coloca en situación de ente sensitivo, activo, intelectivo y capaz de obrar libre, espontáneamente, pero rectamente y en armonía con los impulsos de su corazón, con las reflexiones de su mente, con la eficacia de su voluntad[233].

Él presenta ante la consideración, si no los objetos materiales, sí las ideas que nos impresionan, porque nos causan agrado o desagrado, alegría o tristeza, dolor o consuelo, admiración o desprecio, amor u odio[234].

Además, experimentamos que cuando nuestra alma siente el dolor, por ejemplo, de haber pecado, y por esto haber ofendido a Dios, y, en su consecuencia, habernos separado de Él y haber incurrido en Su enojo[235], se concentra, hasta el punto de aborrecer todo lo que le hace sufrir; mientras que, cuando, efecto del arrepentimiento, sentimos el consuelo de la gracia divina y vemos la promesa de una vida dichosa como término a una vida de virtud y amor a Dios, nuestra alma se alegra, y con la alegría se dilata, se esparce y ama eso que la atrae, que la subyuga, que la enamora.

De este modo, el alma pónese en relación con estas ideas, ejerce su propia energía y, sin ésta, su acción sería estéril e ineficaz, porque a nada sería accesible.

La Providencia nos ha hecho sensibles para que podamos llenar los designios que nos señaló y se propuso al crearnos, y de ahí que sintamos, porque obra en nosotros su poder, y esta propia sensibilidad nos hace llenar plenamente una vida de seres conscientes y perfectos, pues, al hacernos conocer y sentir, nos impulsa a obrar con perfecta libertad y nos convierte en verdaderos hombres, haciéndonos trabajar en nuestro propio perfeccionamiento.

Damirón ha dicho que “esa maravillosa facultad de recibir las impresiones de lo exterior, con que la Providencia nos ha dotado, sirve para llegar hasta nosotros, comunicarnos sus dones y enseñarnos a vivir. Si el alma ni las tuviese, ni las recibiese, sería de todo punto imposible no sólo nuestra educación, sino hasta nuestra existencia racional y menos moral”[236].

Así, las funciones de actividad y pasividad del alma quedan probadas y refutados los errores de los sensualistas y materialistas, quienes sostienen, en este punto concreto, que el alma es pura y completamente pasiva.

“La vida del hombre—ha dicho el Santo Job—es una constante lucha consigo mismo: militia est vita hominis super terram; y, como el Cielo le formó para esta lucha, le dotó también de los medios para actuar en ella, ofensiva o defensivamente. ¿Cómo? Por medio de esas potencias del alma, por medio de esas facultades intelectuales, por medio de esos sentimientos y afectos.”

La propia experiencia nos enseña, como también nos lo enseña nuestro Santo en sus meditaciones, que podemos sujetar nuestros afectos, sin que, por eso, se diga que está en nosotros el poder evitar el sentirlos.

Él nos enseña y aconseja también cómo debemos ejercitar o refrenar el dolor, cuándo debemos sentir el miedo a lo eterno, cómo y cuándo debemos refrenar los ímpetus de venganza[237]. Él nos muestra cómo nos hemos de dar cuenta de lo que pasa en lo íntimo de nuestra conciencia, cuando experimentamos estas impresiones y sentimos estos afectos y cómo debemos hacer uso del imperio que nuestro Criador nos concedió sobre nuestro propios sentimientos y afectos; en lo que consiste la dignidad, la superioridad del hombre, diferenciándole de los demás brutos, que obedecen ciegamente a sus instintos, siguen sus pasiones y apetitos propios.