Con tales teorías se llegó al materialismo de Condillac, quien sostenía que el yo era una colección de sensaciones, y como éstas se verifican por medio de los nervios y del cerebro, bien claro está que desaparece todo raciocinio espiritual.
En iguales errores incurrieron Cabanis y Destutt-Tracy. El primero sostenía que las “Ciencias morales no deben ser más que un ramo de la historia natural del hombre”[229].
El segundo dice: “Todas nuestras operaciones intelectuales son efecto de los movimientos que suceden en nuestros órganos...; nuestras percepciones de relación son, como todas las demás, efectos de los movimientos sucedidos en nuestros órganos...; la acción de sentir es un efecto particular de la de movernos: pensar, es sentir”[230].
Así que estos errores del materialismo vinieron a dar aquellos otros frutos que se llamaron la doctrina sensualista, en la que cayeron Berkeley y Hume.
Coudillac, Cabanis, Destutt, Tracy, y Broussais sostenía como principio único de todas las operaciones del alma el elemento exterior del pensamiento, ocultando en su análisis la parte esencial que la energía propia de la mente tiene en la formación de éstas.
Así se ve que cuando pretenden determinar la parte que las impresiones de los objetos tienen, en la formación de nuestras ideas, no advirtieron nunca que, sin la concurrencia activa del alma, todas esas impresiones habían de ser completamente estériles y que su entendimiento era el verdadero cadáver de su inteligencia.
Mas no es sólo que incurrieran, por este razonamiento, en el materialismo más abstruso y en el escepticismo más grosero, sino que produce aun mayores estragos, especialmente en el mundo moral.
¿Por qué? Pues muy sencillo: porque a la noción universal y necesaria de la justicia, substitúyenla con la utilidad; es decir: que los derechos y los deberes, la autoridad de la conciencia y la idea de orden son arrollados por los incentivos del interés individual. ¿Pueden darse mayores absurdos? Rotos, así, los vínculos sociales, conviértese la sociedad en un campo de Agramante, en el que la lucha de las pasiones humanas ha de ser porfiada e indefinida, y el individuo según esto, será tan sólo un factor para producir toda clase de fechorías y maldades, ya que sólo su voluntad, sus apetitos y su libre albedrío han de ser los únicos guías, los consejeros áuricos de sus actos.
Aun a trueque de repetir conceptos que ya hemos emitido, no dejaremos de exponer cómo rebate estas teorías San Ignacio, por medio de la doctrina simplicísima de la reflexión moral.
Parte nuestro Santo de la base que el alma es el centro de las facultades cognoscitivas, el eje de todas nuestras emotividades[231], la unidad en la triple función de sus potencias; y, siendo esto así, natural parece que el hombre, dotado de esta alma, de esta inteligencia, de todas estas facultades cognoscitivas y emotivas, tiene que obrar con arreglo a las leyes eternas dictadas por el Creador de toda causa eficiente, de toda obra existente[232].