“Amado Hijo, salud y bendición apostólica.

Cuan eficazmente puedan ayudar los Ejercicios, de San Ignacio, a la salvación de las almas, lo lleva ya demostrado la experiencia de tres siglos. Y considerada la naturaleza de las cosas, no podía ser de otra manera. Todos los extravíos de la vida del hombre nacen del obscurecimiento en su alma de las verdades divinas, único freno capaz de detenerle en el camino de sus deplorables desórdenes; y precisamente la virtud propia de los Santos Ejercicios y su gloria especial consiste en que derraman sobre dichas verdades torrentes de nueva luz y maravillosamente nos las esclarecen cuando se nos presentan confusas.

Por otra parte, es evidente que el orden moral de la humana sociedad dimana de la moralidad individual de los miembros de ella. Es indudable, pues, que los días de retiro empleados en la meditación de las verdades eternas promueven, con la santificación de los individuos, el bien general de la sociedad.

Tan sabia persuasión ha inspirado a varios Padres de la Compañía de Jesús, sobre todo en Francia y en Bélgica, la idea de fundar casas de retiro para la clase obrera, ya que es ésta blanco privilegiado de las insidiosas maniobras de los malvados para corromperla.

Con la más viva satisfacción hemos visto establecerse dicha Obra y hemos tenido noticia de los frutos abundantísimos que hasta el presente se han cosechado de ella, siendo, como es, uno de Nuestros preferentes cuidados, como de ello dan harto testimonio Nuestros actos, el bien de las clases trabajadoras.

No podemos, por consiguiente, dejar de pagar merecido tributo de elogios a esa noble iniciativa de los hijos de la Compañía, y muy de corazón rogamos a Dios la colme de abundantes bendiciones, etc.

El Pontífice Pío X, en un Breve del 8 de diciembre de 1904, dice:

“Siempre hemos tenido en particular estima la práctica de los Ejercicios espirituales, singularmente en la forma en que los dispuso, sin duda por inspiración del Cielo, San Ignacio, por su especial eficacia en orden a la reforma de costumbres y fomento de la vida cristiana. Hoy, empero, elevados al cargo del supremo apostolado, más claramente comprendemos de cuán extraordinario auxilio puede sernos tal práctica para Nuestra emprendida tarea de restaurar en Cristo todas las cosas, si además de darse a los clérigos, se generaliza entre los mismos seglares.

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