Débese este libro a Fray Diego de la Vega, de la Orden de San Jerónimo, que se imprimió el año 1421 en Zaragoza, y a Fray Domingo de Saltanas, de la Orden de Predicadores, que la imprimió en Sevilla el año 1555[73].
El primero llevaba por título: Doctrina Cristiana, lo que debe cada uno creer, temer, obrar, desear, etc.
Comprende este libro las vidas de Cristo, de la Virgen y de los Santos, con los misterios de nuestra Sacrosanta Religión, y en forma para ser leído en todos los días del año, por el orden en que la Iglesia celebra sus fiestas.
San Ignacio leía diariamente este libro cuando oía la Santa Misa y para meditar sobre ellas en los ratos de oración.
La substancia, pues, de estos libros, por ser de todos conocida, huelga ponderarla en relación con la enseñanza y el provecho que de su lectura asidua se obtiene.
La Santa Biblia.
La Sagrada Escritura, como el Breviario, han sido y serán siempre compañeros inseparables del religioso.
Sin duda alguna se puede asegurar que San Ignacio leía detenidamente y a diario la Biblia, conjunto de libros inspirados por el Espíritu Santo, y que, según el inmortal León XIII, haciendo suyas frases de esclarecidos padres de la Iglesia “son fuentes inexhaustas de celestial sabiduría y prados amenísimos, donde se apacientan, con sobrehumano deleite, las ovejas de Cristo”[74].
Como el Santo fundador no conocía el latín, leería las ediciones de Ambrosio de Montesinos, de 1512, que sólo se insertan las epístolas y evangelios; el Nuevo Testamento de Francisco de Encina, edición dedicada al Emperador Carlos V[75], la Políglota de Alcalá, hecha bajo los auspicios del gran Cardenal Cisneros[76] o la Políglota de Amberes, costeada por Felipe II y que se editó de 1569 a 1576.
Para que el lector se dé cuenta de cómo coincidió San Ignacio con estas obras en la redacción de los Ejercicios Espirituales, vamos a poner a dos columnas los textos de aquéllos y de éste.