Nosotros, en nuestra pequeñez, deseamos, queremos, anhelamos colaborar eficazmente a esta gran labor, a la que esperamos nos ayudéis con vuestra cooperación moral y material; y de ahí que nos hayamos atrevido a ofreceros esta obra, que, por ser nuestra, quizá no pueda llenar las aspiraciones de los más exigentes, pero que, bien mirada, puede ser algo así como un aliciente y una ayuda eficaz para completar aquélla.

Porque, si uno de los medios más eficaces que han contribuído a la transformación y regeneración de las costumbres, ha sido ese libro de oro titulado EJERCICIOS ESPIRITUALES, de San Ignacio de Loyola, bien puede considerarse también como un gran paso para esta obra social la publicación de nuestro libro, en el que estudiamos esa Obra admirable desde el punto de vista filosófico, y, por ende, venimos en incluír al Santo Fundador de la Compañía de Jesús entre los GRANDES FILÓSOFOS ESPAÑOLES, pues en aquel libro encontramos teorías filosóficas admirables y doctrinas divinizadas.

Por otra parte, San Ignacio quiso cumplir, al pie de la letra, aquello del Redentor: “Salvar todo lo que se ha perdido, rescatar a las ovejas descarriadas, encender al mundo en el fuego del amor de Dios y declarar guerra abierta a Luzbel, que es el error”.

Siendo esto así, bien se advierte cómo nuestra obra responde a un mismo fin, y, por tanto, bajo su égida y la protección vuestra queremos poner nuestro trabajo.

Esto de un lado; de otro, que acaba de celebrarse bien solemnemente el III centenario de la canonización del Santo Fundador; y ya que nuestro deseo fué contribuír, en la medida de nuestras fuerzas, a la mayor esplendidez de esta solemnidad y ensalzar aún más, si es posible, ese nombre bendito, esa figura excelsa de nuestra Sacrosanta Religión y gloria de nuestra Patria, faltándonos los medios materiales para dar a la estampa en tan oportuna época este nuestro estudio, sirva como broche de oro para cerrar con él estas fiestas, de las que tan gratos recuerdos guardan sus devotos y la Nación entera, pues no habrá restado ello interés, ya que la buena doctrina esparcida es siempre buena semilla, para fructificar.

Si, por tanto, aceptáis esta nuestra ofrenda humilde, nuestro único galardón queremos que sea tan sólo la satisfacción de haber sido útiles en algo y la de haber cumplido con un deber de ciudadanos, de católicos y de hombres de conciencia, cooperando, con nuestros esfuerzos, al engrandecimiento de nuestra Patria, al bien de nuestro prójimo, a la mayor gloria de Dios y la de su Santa Iglesia, nuestra Madre amantísima.

Recibid, pues, esta ofrenda del último y más indigno de vuestro hermano en Congregación.

BENJAMIN MARCOS.
(Caballero del Pilar.)

Madrid, 12 de octubre de 1922, día de Nuestra Patrona, la Virgen del Pilar.