Ahora bien; el señor Marcos ha hecho un verdadero alarde de erudición en su parte tercera, en la que estudia, desde el punto de vista filosófico, el libro inmortal del Ermitaño de Manresa—como llama a San Ignacio—, pues, basándose en sanas teorías de autores cristianos, y aun profanos, deduce conclusiones verdaderamente sorprendentes, admirables y lógicas.
Claro es que por ellas él afirma que puede catalogarse desde hoy a San Ignacio entre los GRANDES FILÓSOFOS ESPAÑOLES, teoría que no nos atrevemos a compartir en absoluto.
San Ignacio fué un inspirado, un iluminado, como Teresa, como Francisco de Asis, etc., etc.; pero no sabemos si, fuera de esa inspiración, hubiera podido escribir, como lo hizo en aquel entonces, carente de cultura básica y fundamental, pues posible fuera que ni siquiera hubiera sabido razonar filosóficamente las verdades eternas, y menos las metafísicas. Esto, claro es, en el terreno especulativo.
Ahora bien; existe un hecho, y es que el libro está ahí henchido de doctrina filosófica, en sus razonamientos, en la forma de sentar las premisas y sacar las conclusiones verdaderas, en el estudio psicológico del humano corazón, en la metafísica de su doctrina y hasta en la Teodicea de sus inspiradas meditaciones.
Y, siendo esto así, en el terreno práctico, no se le puede negar al señor Marcos el derecho a formular esta aseveración, que prueba suficientemente, y hasta consideramos de justicia, el que se le dé al Santo Fundador el calificativo de gran filósofo por este su libro, que es como el río de oro que va surcando las conciencias todas y todos los corazones, en los que florecen al contacto de la frescura de esas aguas, purísimas y virginales, las virtudes más hermosas de obediencia, castidad y pobreza, trinidad augusta que forman el triángulo del alma santificada y aureolada por ellas; espejo donde puede verse a Dios tal cual es, para temerle, para amarle y hasta para enamorarle y con Él compenetrarse íntima y eternamente.
No hemos, pues, de discutir al autor de este libro el mérito de su trabajo ni de su ingenioso descubrimiento, y más de admirar es el que un seglar haya parado mientes en esta faceta, en este aspecto, nuevos por completo, y haya salido tan airoso de su empresa.
Claro es que el señor Marcos tiene otros hábitos y otras virtudes que le permiten hacer este alarde.
Por último; si miramos, no ya a la parte técnica del libro, llamémosla así, a la que se refiere a la Filosofía, sino al estilo literario, quedaremos perplejos, sin saber cuál de las dos cosas habremos de admirar más en este trabajo, si el fondo o la forma. Yo no sé decirlo, como no sé aquilatar lo bastante el mérito de este trabajo, pues que los encuentro iguales en belleza, en intensidad, en emotividad, en galanura.
Quede esto para los eruditos, para los hombres de ciencia, pues yo no he podido hacer otra cosa que poner mi granito de arena en este colosal edificio que se intenta construír, y quiera Dios que le veamos terminado, pues esta Biblioteca sería una perla más, colocada en la corona inmarcesible de la ciencia filosófica española.
Madrid, 10-3-23.