Por lo que hace a la parte religiosa, diremos, con Cretineau-Joli[90], que parecían haber terminado las luchas a mano armada contra la religión del Crucificado, pues la Iglesia, protegida hasta entonces por la energía de los Pontífices, y por la veneración de los pueblos a sus Reyes, se hacía respetar.

Mas, al llegar este siglo, se ve surgir una generación de enemigos, cediendo la espada a la pluma y a la palabra.

Por todo ello, lo que necesitaba la Iglesia no eran soldados, sino doctores, y tanto las Ordenes militares, que habían terminado el fin para que fueron creadas, como las monásticas, que cumplían la misión que sus fundadores les señalaran, eran impotentes para hacer frente a la tempestad que se iniciaba con visos de una gran batuda, pues rugía por doquier en las ideas, en los ánimos y en los corazones, que, impulsados por un desenfreno de pasiones, por una orgía y por una impudicia rayanas en la bacanal, buscaban en la independencia el camino más apropiado a las innovaciones.

Acontecía al siglo XVI lo que al astro-rey, que, cuando se halla en la aurora, trabaja por abarcar ambos mundos.

Y así vemos que el sacerdote inglés conocido por Wiclef y el alemán Juan Hus siembran, con sus teorías, el germen de la discordia en el hogar doméstico, impulsados tan sólo por un orgullo desmedido, por una ambición de celebridad exagerada, teniendo su justo castigo en la hoguera.

No obstante esto, el camino de la herejía se abrió paso a todas la enfermas imaginaciones, a todos los caprichosos orgullos, ya que fácilmente se encontraban también muchos espíritus exaltados y crédulos, gran corrupción en los grandes, desmesurado anhelo de igualdad, de fraternidad, de libertad en los pequeños, y en casi todos unas ansias de formar masa común para llegar a la conquista de esos ideales.

A diario, pues, surgían en el inmenso océano de sectas ignoradas, propuestas a aniquilar la Religión Católica, novadores diversos y extraños, tras de apostatar, unos en el Claustro, y como escudados en la sombra del altar, enseñaban, hipócrita y descaradamente, a los fieles cuán pesado era el yugo de la Iglesia, o bien la felicidad que los pueblos obtendrían si caminasen por la ancha senda de esa trilogía emblemática y que tenía visos de una completa fuerza regeneratriz.

De todos estos escollos y peligros había salido triunfante la Sede Apostólica; mas el choque incesante de inteligencias y de ideas lanzaba una antorcha brillante en los Estados de Europa.

Y es que los caracteres, el genio, las costumbres, todo parecía encontrarse en un estado excepcional; todo tomaba el colorido de una energía brutal, de una avalancha avasalladora.

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