Dios Nuestro Señor habrá acogido su alma en el seno de la gloria, pues, al decir de San Agustín: tuvo una muerte tan santa como había sido su vida: sicut vita finis ita.
Creo, pues, un deber no sólo de compañerismo, sino de conciencia, rendirle, con esta ocasión, un tributo de admiración y de cariño.
Colaboró con gran talento, y dispuesto estaba a continuar esta obra; mas el hombre propone y Dios dispone, por lo cual habremos de repetir con el poeta:
Dios lo ha querido así,
Bendito sea[2].
Esta pérdida, para mí casi irreparable, ha hecho que mi trabajo fuese más lento, más intenso, y que mi labor se dilatara más, ya que, sin colaboración de nadie, he tenido necesidad de invertir doble tiempo, en la preparación de este tomo, al que empleamos en el anterior.
También, merced a esta pérdida tan por mí llorada, notarás, quizá, algunas deficiencias que sabrás perdonar, así como la tardanza en salir a la luz pública, amén de otras causas de índole puramente económica con que he tropezado.
Subsanadas hoy, gracias a Dios, y esperando obtener el éxito que obtuvo el primer tomo[3], me encomiendo a tu juicio severo, pero imparcial y justo.
*
* *
Si, por un espíritu de sutileza o por un deseo de notoriedad, alguien se hubiera atrevido a entrar en las regiones de la ciencia filosófica para estudiar la obra escrita por el cenobita de Manresa, titulada Ejercicios Espirituales, de San Ignacio de Loyola, seguramente se le hubiera tachado, no ya de temerario, sino de iluso o de fantástico.
Y, sin embargo, he aquí nuestro propósito en esta obra.