Dejemos al Montezuma, que ya habia ido adelante, como dicho tengo, y volvamos á Cortés y á nuestros capitanes y soldados, como siempre teniamos por costumbre de noche y de dia estar armados, y así nos via estar el Montezuma, y cuando lo íbamos á ver no lo teniamos por cosa nueva.

Digo esto porque á caballo nuestro capitan, con todos los más que tenian caballos y la más parte de nuestros soldados, muy apercebidos fuimos al Tatelulco, é iban muchos caciques que el Montezuma envió para que nos acompañasen: y cuando llegamos á la gran plaza, que se dice el Tatelulco, como no habiamos visto tal cosa, quedamos admirados de la multitud de gente y mercaderías que en ella habia y del gran concierto y regimiento que en todo tenian; y los principales que iban con nosotros nos lo iban mostrando; cada género de mercaderías estaban por sí y tenian situados y señalados sus asientos.

Comencemos por los mercaderes de oro y plata y piedras ricas, y plumas y mantas y cosas labradas, y otras mercaderías, esclavos y esclavas; digo que traian tantos á vender á aquella gran plaza como traen los portugueses los negros de Guinea, é traíanlos atados en unas varas largas, con collares á los pescuezos porque no se les huyesen, y otros dejaban sueltos.

Luego estaban otros mercaderes que vendian ropa más basta, é algodon, é otras cosas de hilo torcido, y cacaguateros que vendian cacao; y desta manera estaban cuantos géneros de mercaderías hay en toda la Nueva-España, puesto que por su concierto, de la manera que hay en mi tierra, que es Medina del Campo, donde se facen las ferias, que en cada calle están sus mercaderías por sí, así estaban en esta gran plaza; y los que vendian mantas de nequen y sogas, y cotaraz, que son los zapatos que calzan, y hacen de nequen y de las raices del mismo árbol muy dulces cocidas, y otras zarrabusterías que sacan del mismo árbol; todo estaba á una parte de la plaza en su lugar señalado; y cueros de tigres, de leones y de nutrias, y de adives y de venados y de otras alimañas, é tejones é gatos monteses, dellos adobados y otros sin adobar.

Estaban en otra parte otros géneros de cosas é mercaderías. Pasemos adelante, y digamos de los que vendian frisoles y chia y otras legumbres é yerbas, á otra parte.

Vamos á los que vendian gallinas, gallos de papada, conejos, liebres, venados y anadones, perrillos y otras cosas deste arte, á su parte de la plaza.

Digamos de las fruteras, de las que vendian cosas cocidas, mazamorreras y malcocinado, tambien á su parte; puesto todo género de loza hecha de mil maneras, desde tinajas grandes y jarrillos chicos, que estaban por sí aparte; y tambien los que vendian miel y melcochas y otras golosinas que hacian, como nuegados.

Pues los que vendian madera, tablas, cunas viejas é tajos é bancos, todo por sí. Vamos á los que vendian leña, acote é otras cosas desta manera.

¿Qué quieren más que diga? Que hablando con acato, tambien vendian canoas llenas de hienda de hombres, que tenian en los esteros cerca de la plaza, y esto era para hacer ó para curtir cueros, que sin ella decian que no se hacian buenos. Bien tengo entendido que algunos se reian desto; pues digo que es así; y más digo, que tenian por costumbre que en todos los caminos que tenian hechos de cañas ó paja ó yerbas porque no los viesen los que pasasen por ellos, y allí se metian si tenian ganas de purgar los vientres, porque no se les perdiese aquella suciedad.

¿Para qué gasto ya tantas palabras de lo que vendian en aquella plaza? Porque es para no acabar tan presto de contar por menudo todas las cosas, sino qué papel, que en esta tierra llaman amatl, y unos cañutos de olores con liquidámbar, llenos de tabaco, y otros ungüentos amarillos, y cosa deste arte vendian por sí; é vendian mucha grana debajo de los portales que estaban en aquella gran plaza; é habia muchos herbolarios y mercaderías de otra manera: y tenian allí sus casas, donde juzgaban tres jueces y otros como alguaciles ejecutores que miraban las mercaderías.