Olvidádoseme habia la sal y los que hacian navajas de pedernal, y de cómo las sacaban de la misma piedra.

Pues pescaderas y otros que vendian uno panecillos que hacen de una como lama que cogen de aquella gran laguna, que se cuaja y hacen panes dello, que tienen un sabor á manera de queso; y vendian hachas de laton y cobre y estaño, y jícaras, y unos jarros muy pintados, de madera hechos.

Ya queria haber acabado de decir todas las cosas que allí se vendian, porque eran tantas y de tan diversas calidades, que para que lo acabáramos de ver é inquirir era necesario más espacio; que, como la gran plaza estaba llena de tanta gente y toda cercada de portales, que en un dia no se podia ver todo; y fuimos al gran cu, é ya que íbamos cerca de sus grandes patios, é ántes de salir de la misma plaza estaban otros muchos mercaderes, que segun dijeron, era que tenian á vender oro en granos como lo sacan de las minas, metido el oro en unos cañutillos delgados de los de ansarones de la tierra, é así blancos porque se pareciese el oro por defuera, y por el largor y gordor de los cañutillos tenian entre ellos su cuenta qué tantas mantas ó qué jiquipiles de cacao valía, ó qué esclavos, ó otra cualquier cosa á que lo trocaban.

É así, dejamos la gran plaza sin más la ver, y llegamos á los grandes patios y cercas donde estaba el gran cu, y tenia ántes de llegar á él un gran circuito de patios, que me parece que eran mayores que la plaza que hay en Salamanca, y con dos cercas alrededor de cal y canto, y el mismo patio y sitio todo empedrado de piedras grandes de losas blancas y muy lisas, y adonde no habia de aquellas piedras, estaba encalado y bruñido, y todo muy limpio, que no hallaran una paja ni polvo en todo él.

Y cuando llegamos cerca del gran cu, ántes que subiésemos ninguna grada dél, envió el gran Montezuma desde arriba, donde estaba haciendo sacrificios, seis papas y dos principales para que acompañasen á nuestro capitan Cortés, y al subir de las gradas, que eran ciento y catorce, le iban á tomar de los brazos para le ayudar á subir, creyendo que se cansaria, como ayudaban á subir á su señor Montezuma, y Cortés no quiso que llegasen á él; y como subimos á lo alto del gran cu, en una placeta que arriba se hacia, adonde tenian un espacio como andamios, y en ellos puestas unas grandes piedras adonde ponian los tristes indios para sacrificar, allí habia un gran bulto como de dragon é otras malas figuras, y mucha sangre derramada de aquel dia.

É así como llegamos, salió el gran Montezuma de un adoratorio donde estaban sus malditos ídolos, que era en lo alto del gran cu, y vinieron con él dos papas, y con mucho acato que hicieron á Cortés é á todos nosotros le dijo:

—«Cansado estareis, señor Malinche, de subir á este nuestro gran templo.»

Y Cortés le dijo con nuestras lenguas, que iban con nosotros, que él ni nosotros no nos cansábamos en cosa ninguna; y luego le tomó por la mano y le dijo que mirase su gran ciudad y todas las más ciudades que habia dentro en el agua, é otros muchos pueblos en tierra alrededor de la misma laguna; y que si no habia visto bien su gran plaza, que desde allí la podria ver muy mejor; y así lo estuvimos mirando, porque aquel grande y maldito templo estaba tan alto, que todo lo señoreaba; y de allí vimos las tres calzadas que entran en Méjico, que es la de Iztapalapa, que fué por la que entramos cuatro dias habia; y la de Tacuba fué por donde despues de ahí á ocho meses salimos huyendo la noche de nuestro gran desbarate, cuando Cuedlauaca, nuevo señor, nos echó de la ciudad, como adelante diremos; y la de Tepeaquilla; y viamos el agua dulce que venia de Chapultepeque, de que se proveia la ciudad; y en aquellas tres calzadas las puentes que tenian hechas de trecho á trecho, por donde entraba y salia el agua de la laguna de una parte á otra; é viamos en aquella gran laguna tanta multitud de canoas, unas que venian con bastimentos é otras que venian con cargas é mercaderías; y viamos que cada casa de aquella gran ciudad y de todas las demás ciudades que estaban pobladas en el agua, de casa á casa no se pasaba sino por unas puentes levadizas que tenian hechas de madera ó en canoas; y viamos en aquellas ciudades cues é adoratorios á manera de torres é fortalezas, y todas blanqueando, que era cosa de admiracion, y las casas de azuteas, y en las calzadas otras torrecillas é adoratorios que eran como fortalezas.

Y despues de bien mirado y considerado todo lo que habiamos visto, tornamos á ver la gran plaza y la multitud de gente que en ella habia, unos comprando y otros vendiendo, que solamente el rumor y el zumbido de las voces y palabras que allí habia, sonaba más que de una legua; y entre nosotros hubo soldados que habian estado en muchas partes del mundo, y en Constantinopla y en toda Italia y Roma, y dijeron que plaza tan bien compasada y con tanto concierto, y tamaña y llena de tanta gente, no la habian visto.

Dejemos esto, y volvamos á nuestro capitan, que dijo á fray Bartolomé de Olmedo, ya otras veces por mí nombrado, que allí se halló: