—«Paréceme, señor padre, que será bien que demos un tiento á Montezuma sobre que nos deje hacer aquí nuestra iglesia.»

Y el padre dijo que seria bien si aprovechase, mas que le parecia que no era cosa convenible hablar en tal tiempo, que no via al Montezuma de arte que en tal cosa concediese, y luego nuestro Cortés dijo al Montezuma, con doña Marina, la lengua:

—«Muy gran señor es vuestra majestad, y de mucho más es merecedor; hemos holgado de ver vuestras ciudades. Lo que os pido por merced es, que pues estamos aquí en este vuestro templo, que nos mostreis vuestros dioses y teules.»

Y Montezuma dijo que primero hablaria con sus grandes papas; y luego que con ellos hubo hablado, dijo que entrásemos en una torrecilla é apartamento á manera de sala, donde estaban dos como altares con muy ricas tablazones encima del techo, é en cada altar estaban dos bultos como de gigante, de muy altos cuerpos y muy gordos, y el primero que estaba á la mano derecha decian que era el de Huichilóbos, su dios de la guerra, y tenia la cara y rostro muy ancho, y los ojos disformes é espantables, y en todo el cuerpo tanta de la pedrería é oro y perlas é aljófar pegado con engrudo, que hacen en esta tierra de unas como de raices, que todo el cuerpo y cabeza estaba lleno dello, y ceñido al cuerpo unas á manera de grandes culebras hechas de oro y pedrería, y en una mano tenia un arco y en otra unas flechas.

É otro ídolo pequeño que allí cabe él estaba, que decian era su paje, le tenia una lanza no larga y una rodela muy rica de oro ó pedrería, é tenia puestas al cuello de Huichilóbos unas caras de indios y otros como corazones de los mismos indios, y estos de oro y dellos de plata con mucha pedrería azules; y estaban allí unos braseros con incienso, que es su copal, y con corazones de indios de aquel dia sacrificados, é se quemaban, y con el humo y copal le habian hecho aquel sacrificio; y estaban todas las paredes de aquel adoratorio tan bañadas y negras de costras de sangre, y asimismo el suelo, que todo hedia muy malamente.

Luego vimos á la otra parte de la mano izquierda estar el otro gran bulto del altar del Huichilóbos, y tenia un rostro como de oso y unos ojos que le relumbraban, hechos de sus espejos, que se dice Tezcat, y el cuerpo con ricas piedras pegadas segun y de la manera del otro su Huichilóbos; porque, segun decian, entrambos eran hermanos, y este Tezcatepuca era el dios de los infiernos, y tenia cargo de las ánimas de los mejicanos, y tenia ceñidas al cuerpo unas figuras como diablillos chicos, y las colas dellos como sierpes, y tenia en las paredes tantas costras de sangre y el suelo todo bañado dello, que en los mataderos de Castilla no habia tanto hedor; y allí le tenian presentado cinco corazones de aquel dia sacrificados; y en lo más alto de todo el cu estaba otra concavidad muy ricamente labrada la madera della, y estaba otro bulto como de medio hombre y medio lagarto, todo lleno de piedras ricas, y la mitad del enmantado.

Este decian que la mitad dél estaba lleno de todas las semillas que habia en toda la tierra, y decian que era el dios de las sementeras y frutas; no se me acuerda el nombre dél, y todo estaba lleno de sangre, así paredes como altar, y era tanto el hedor, que no viamos la hora de salirnos fuera, y allí tenian un tambor muy grande en demasía, que cuando le tañian el sonido dél era tan triste y de tal manera, como dicen instrumento de los infiernos, y más de dos leguas de allí se oia; y decian que los cueros de aquel atambor eran de sierpes muy grandes; é en aquella placeta tenian tantas cosas muy diabólicas de ver, de bocinas y trompetillas y navajones, y muchos corazones de indios que habian quemado, con que zahumaban aquellos sus ídolos, y todo cuajado de sangre, y tenian tanto, que los doy á la maldicion; y como todo hedia á carnicería, no viamos la hora de quitarnos de tan mal hedor y peor vista; y nuestro capitan dijo á Montezuma con nuestra lengua, como medio riendo:

—«Señor Montezuma, no sé yo cómo un tan gran señor é sábio varon como vuestra majestad es, no haya coligido en su pensamiento cómo no son estos vuestros ídolos dioses, sino cosas malas, que se llaman diablos. Y para que vuestra majestad lo conozca y todos sus papas lo vean claro, hacedme una merced, que hayais por bien que en lo alto desta torre pongamos una cruz, y en una parte destos adoratorios, donde están vuestros Huichilóbos y Tezcatepuca, harémos un apartado donde pongamos una imágen de Nuestra Señora; la cual imágen ya el Montezuma la habia visto; y vereis el temor que dello tienen esos ídolos que os tienen engañados.»

Y el Montezuma respondió medio enojado, y dos papas que con él estaban mostraron malas señales, y dijo:

—«Señor Malinche, si tal deshonor como has dicho creyera que habias de decir, no te mostrara mis dioses; aquestos tenemos por muy buenos, y ellos dan salud y aguas y buenas sementeras, é temporales y vitorias, y cuanto queremos, é tenémoslos de adorar y sacrificar. Lo que os ruego es, que no se digan otras palabras en su deshonor.»