Y replicaron nuestros capitanes, que fué Juan Velazquez de Leon y Diego de Ordás é Gonzalo de Sandoval y Pedro de Albarado, que con buenas palabras sacalle de su sala y traello á nuestros aposentos y decille que ha de estar preso; que si se alterare ó diere voces, que lo pagará su persona; y que si Cortés no lo quiere hacer luego, que les dé licencia, que ellos lo prenderán y lo pondrán por la obra; y que de dos grandes peligros en que estamos, que el mejor y el más á propósito es prendelle, que no aguardar que nos diesen guerra; y que si la comenzaba, ¿qué remedio podriamos tener? Tambien le dijeron ciertos soldados que nos parecia que los mayordomos de Montezuma que servian en darnos bastimentos se desvergonzaban y no lo traian cumplidamente, como los primeros dias; y tambien dos indios tlascaltecas, nuestros amigos, dijeron secretamente á Jerónimo de Aguilar, nuestra lengua, que no les parecia bien la voluntad de los mejicanos de dos dias atrás. Por manera que estuvimos platicando en este acuerdo bien una hora, si le prendiéramos ó no, y qué manera terniamos; y á nuestro capitan bien se le encajó este postrer consejo, y dejábamoslo para otro dia, que en todo caso lo habiamos prender, y aun toda la noche estuvimos con el padre de la Merced rogando á Dios que lo encaminase para su santo servicio.
Despues destas pláticas, otro dia por la mañana vinieron dos indios de Tlascala muy secretamente con unas cartas de la Villa-Rica, y lo que se contenia en ello decia que Juan de Escalante, que quedó por alguacil mayor, era muerto, y seis soldados juntamente con él, en una batalla que le dieron los mejicanos; y tambien le mataron el caballo y á nuestros indios totonaques, que llevó en su compañía, y que todos los pueblos de la sierra y Cempoal y su sujeto están alterados y no les quieren dar comida ni servir en la fortaleza, y que no saben qué se hacer; y que como de ántes los tenian por teules, que ahora, que han visto aquel desbarate, les hacen fieros, así los totonaques como los mejicanos, y que no les tienen en nada, ni saben qué remedio tomar. Y cuando oimos aquellas nuevas, sabe Dios cuánto pesar tuvimos todos.
Aqueste fué el primer desbarate que tuvimos en la Nueva-España; miren los curiosos letores la adversa fortuna cómo vuelve rodando; ¡quién nos vió entrar en aquella ciudad con tan solemne recibimiento y triunfantes, y nos teniamos en posesion de ricos con lo que Montezuma nos daba cada dia, así al capitan como á nosotros; y haber visto la casa por mí nombrada llena de oro, y nos tenian por teules, que son ídolos, ú que todas las batallas venciamos; é ahora habernos venido tan grande desman, que no nos tuviesen en aquella reputacion que de ántes, sino por hombres que podiamos ser vencidos, y haber sentido cómo se desvergonzaban contra nosotros! En fin de más razones, fué acordado que aquel mismo dia de una manera ó de otra se prendiese á Montezuma ó morir todos sobre ello.
Y porque para que vean los letores de la manera que fué esta batalla de Juan de Escalante, y cómo le mataron á él y á seis soldados, y el caballo y los amigos totonaques que llevaba consigo, lo quiero aquí declarar ántes de la prision de Montezuma, por no dejallo atrás, porque es menester dallo bien á entender.
CAPÍTULO XCIV.
CÓMO FUÉ LA BATALLA QUE DIERON LOS CAPITANES MEJICANOS Á JUAN DE ESCALANTE, Y CÓMO LE MATARON Á ÉL Y EL CABALLO Y Á OTROS SEIS SOLDADOS, Y MUCHOS AMIGOS INDIOS TOTONAQUES QUE TAMBIEN ALLÍ MURIERON.
Y es desta manera: que ya me habrán oido decir en el capítulo que dello habla, que cuando estábamos en un pueblo que se dice Quiahuistlan, que se juntaron muchos pueblos sus confederados, que eran amigos de los de Cempoal, y por consejo y convocacion de nuestro capitan, que los atrajo á ello, quitó que no diesen tributo á Montezuma, y se le rebelaron y fueron más de treinta pueblos; y esto fué cuando le prendimos sus recaudadores, segun otras veces dicho tengo en el capítulo que dello habla; y cuando partimos de Cempoal para venir á Méjico quedó en la Villa-Rica por capitan y alguacil mayor de la Nueva-España un Juan de Escalante, que era persona de mucho ser y amigo de Cortés, y le mandó que en todo lo que aquellos pueblos nuestros amigos hubiesen menester les favoreciese; y parece ser que, como el gran Montezuma tenia muchas guarniciones y capitanes de gente de guerra en todas las provincias, que siempre estaban junto á la raya dellos; porque una tenia en lo de Soconusco por guarda de Guatimala y Chiapa, y otra tenia en lo de Guazacualco, y otra capitanía en lo de Mechoacan, y otra á la raya de Pánuco, entre Tuzapan y un pueblo que le pusimos por nombre Almería, que es en la costa del Norte; y como aquella guarnicion que tenia cerca de Tuzapan pareció ser demandaron tributo de indios é indias y bastimentos para sus gentes á ciertos pueblos que estaban allí cerca y confinaban con ellos, que eran amigos de Cempoal y servian á Juan Escalante y á los vecinos que quedaron en la Villa-Rica y entendian en hacer la fortaleza; y como les demandaban los mejicanos el tributo y servicio, dijeron que no se le querian dar, porque Malinche les mandó que no lo diesen, y que el gran Montezuma lo ha tenido por bien; y los capitanes mejicanos respondieron que si no lo daban, que los vendrian á destruir sus pueblos y llevallos cautivos, y que su señor Montezuma se lo habia mandado de poco tiempo acá.
Y como aquellas amenazas vieron nuestros amigos los totonaques, vinieron al capitan Juan de Escalante, é quejáronse reciamente que los mejicanos les venian á robar y destruir sus tierras; y como el Escalante lo entendió, envió mensajeros á los mismos mejicanos para que no hiciesen enojo ni robasen aquellos pueblos, pues su señor Montezuma lo habia á bien, que somos todos grandes amigos; si no, que irá contra ellos y les dará guerra. Á los mejicanos no se les dió nada por aquella respuesta ni fieros, y respondieron que el campo los hallaria; y el Juan de Escalante, que era hombre muy bastante y de sangre en el ojo, apercibió todos los pueblos nuestros amigos de la sierra que viniesen con sus armas, que eran arcos, flechas, lanzas, rodelas, y asimismo apercibió los soldados más sueltos y sanos que tenia; porque ya he dicho otra vez que todos los más vecinos que quedaban en la Villa-Rica estaban dolientes y eran hombres de la mar, y con dos tiros y un poco de pólvora, y tres ballestas y dos escopetas, y cuarenta soldados y sobre dos mil indios totonaques, fué adonde estaban las guarniciones de los mejicanos, que andaban ya robando un pueblo de nuestros amigos los totonaques, y en el campo se encontraron al cuarto del alba; y como los mejicanos eran más doblados que nuestros amigos los totonaques, é como siempre estaban atemorizados dellos de las guerras pasadas, á la primera refriega de flechas y varas y piedras y gritas huyeron, y dejaron al Juan de Escalante peleando con los mejicanos, y de tal manera, que llegó con sus pobres soldados hasta un pueblo que llaman Almería, y le puso fuego y le quemó las casas.
Allí reposó un poco, porque estaba mal herido, y en aquellas refriegas y guerra le llevaron un soldado vivo que se decia Arguello, que era natural de Leon y tenia la cabeza muy grande y la barba prieta y crespa, era muy robusto de gesto y mancebo de muchas fuerzas, y le hirieron muy malamente al Escalante y otros seis soldados, y mataron el caballo, y se volvió á la Villa-Rica, y dende á tres dias murió él y los soldados; y desta manera pasó lo que decimos de la Almería, y no como lo cuenta el coronista Gómora, que dice en su Historia que iba Pedro de Ircio á poblar á Pánuco con ciertos soldados; y para bien velar no teniamos recaudo, cuanto más enviar á poblar á Pánuco; y dice que iba por capitan el Pedro de Ircio, que ni aun en aquel tiempo no era capitan ni aun cuadrillero, ni se le daba cargo, y se quedó con nosotros en Méjico.
Tambien dice el mismo coronista otras muchas cosas sobre la prision del Montezuma: habia de mirar que cuando lo escribia en su Historia que habia de haber vivos conquistadores de los de aquel tiempo, que le dirian cuando lo leyesen: «Esto pasa desta suerte.»