Y dejallo he aquí, y volvamos á nuestra materia, y diré cómo los capitanes mejicanos, despues de dalle la batalla que dicho tengo al Juan de Escalante, se lo hicieron saber al Montezuma, y aun le llevaron presentada la cabeza del Arguello, que parece se murió en el camino de las heridas, que vivo le llevaban; y supimos que el Montezuma cuando se lo mostraron, como era robusto y grande, y tenia grandes barbas y crespas, hubo pavor y temió de la ver, y mandó que no la ofreciesen á ningun cu de Méjico, sino en otros ídolos de otros pueblos; y preguntó al Montezuma que, siendo ellos muchos millares de guerreros, que cómo no vencieron á tan pocos teules.
Y respondieron que no aprovechaban nada sus varas y flechas ni buen pelear; que no les pudieron hacer retraer, porque una gran tequeciguata de Castilla venia delante dellos, y que aquella señora ponia á los mejicanos temor, y decia palabras á sus teules que los esforzaba; y el Montezuma entónces creyó que aquella gran señora que era Santa María y la que le habiamos dicho que era nuestra abogada, que de ántes dimos al gran Montezuma con su precioso Hijo en los brazos.
Y porque esto yo no lo vi, porque estaba en Méjico, sino lo que dijeron ciertos conquistadores que se hallaron en ello; y pluguiese á Dios que así fuese. Y ciertamente todos los soldados que pasamos con Cortés tenemos muy creido, é así es verdad, que la misericordia divina y Nuestra Señora la Vírgen María siempre era con nosotros; por lo cual le doy muchas gracias.
Y dejallo he aquí, y diré lo que pasó en la prision del gran Montezuma.
CAPÍTULO XCV.
DE LA PRISION DE MONTEZUMA, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO.
É como teniamos acordado el dia ántes de prender al Montezuma, toda la noche estuvimos en oracion con el Padre de la Merced rogando á Dios que fuese de tal modo que redundase para su santo servicio, y otro dia de mañana fué acordado de la manera que habia de ser.
Llevó consigo Cortés cinco capitanes, que fueron Pedro de Albarado y Gonzalo de Sandoval y Juan Velazquez de Leon y Francisco de Lugo y Alonso de Ávila y con nuestras lenguas doña Marina y Aguilar; y todos nosotros mandó que estuviésemos muy á punto y los caballos ensillados y enfrenados; y en lo de las armas no habia necesidad de ponello yo aquí por memoria, porque siempre de dia y de noche estábamos armados y calzados nuestros alpargates, que en aquella sazon era nuestro calzado; y cuando soliamos ir á hablar al Montezuma siempre nos veia armados de aquella manera; y esto digo porque, puesto que Cortés con los cinco capitanes iban con todas sus armas para le prender, el Montezuma no lo tendria por cosa nueva ni se alteraria dello.
Ya puestos á punto todos, envióle nuestro capitan á hacelle saber cómo iba á su palacio, porque así lo tenia por costumbre, y no se alterase viéndole ir de sobresalto; y el Montezuma bien entendió poco más ó ménos que iba enojado por lo de Almería, y no lo tenia en una castaña y mandó que fuese mucho en buen hora; y como entró Cortés, despues de haber hecho sus acatos acostumbrados, le dijo con nuestras lenguas:
—«Señor Montezuma, muy maravillado estoy de vos, siendo tan valeroso Príncipe y haberos dado por nuestro amigo, mandar á vuestros capitanes que teniades en la costa cerca de Tuzapan que tomasen armas contra mis españoles, y tener atrevimiento de robar los pueblos que están en guardia y mamparo de nuestro Rey y señor, y de mandalles indios é indias para sacrificar y matar un español hermano mio y un caballo.»