No le quiso decir del capitan ni de los seis soldados que murieron luego que llegaron á la Villa-Rica, porque el Montezuma no lo alcanzó á saber, ni tampoco lo supieron los indios capitanes que les dieron la guerra; y más le dijo Cortés, que teniéndole por tan su amigo, mandé á mis capitanes que en todo lo posible fuese os sirviesen y favoreciesen, y vuestra majestad, por el contrario, no lo ha hecho.
Y asimismo en lo de Cholula tuvieron vuestros capitanes gran copia de guerreros, ordenado por vuestro mandado, que nos matasen; helo disimulado lo de entónces por lo mucho que os quiero; y asimismo ahora vuestros vasallos y capitanes se han desvergonzado, tienen pláticas secretas que nos quereis mandar matar; por estas causas no querria comenzar guerra ni destruir aquesta ciudad; conviene que para excusarlo todo, que luego callando y sin hacer ningun alboroto os vais con nosotros á nuestro aposento, que allí sereis servido y mirado muy bien como en vuestra propia casa; y que si alboroto ó voces daba, que luego sereis muerto de aquestos mis capitanes, que no los traigo para otro efeto.
Y cuando esto oyó el Montezuma, estuvo muy espantado y sin sentido, y respondió que nunca tal mandó, que tomasen armas contra nosotros, y que enviaria luego á llamar sus capitanes, y sabria la verdad, y los castigaria; y luego en aquel instante quitó de su brazo y muñeca el sello y señal de Huichilóbos, que aquello era cuando mandaba alguna cosa grave é de peso para que se cumpliese, é luego se cumplia; y en lo de ir preso y salir de sus palacios contra su voluntad, que no era persona la suya para que tal le mandasen, é que no era su voluntad salir; y Cortés le replicó muy buenas razones, y el Montezuma le respondia muy mejores y que no habia de salir de sus casas, por manera que estuvieron más de media hora en estas pláticas; y como Juan Velazquez de Leon y los demás capitanes vieron que se detenia con él, y no veian la hora de habello sacado de sus casas y tenelle preso, hablaron á Cortés algo alterados, y dijeron:
—«¿Qué hace vuestra merced ya con tantas palabras? Ó le llevemos preso ó le daremos de estocadas; por eso tornadle á decir que si da voces ó hace alboroto, que le matareis; porque más vale que desta vez aseguremos nuestras vidas ó las perdamos.»
Y como el Juan Velazquez lo decia con voz algo alta y espantosa, porque así era su hablar, y el Montezuma vió á nuestros capitanes como enojados, preguntó á doña Marina que qué decian con aquellas palabras altas; y como la doña Marina era muy entendida, le dijo:
—«Señor Montezuma, lo que yo os aconsejo es que vais luego con ellos á su aposento sin ruido ninguno; que yo sé que os harán mucha honra como gran señor que sois; y de otra manera, aquí quedareis muerto; y en su aposento se sabrá la verdad.»
Y entónces el Montezuma dijo á Cortés:
—«Señor Malinche, ya que eso quereis que sea, yo tengo un hijo y dos hijas legítimas, tomadlas en rehenes, y á mí no me hagais esta afrenta; ¿qué dirán mis principales si me viesen llevar preso?»
Tornó á decir Cortés que su persona habia de ir con ellos, y no habia ser otra cosa. Y en fin de muchas más razones que pasaron, dijo que él iria de buena voluntad; y entónces nuestros capitanes le hicieron muchas caricias, y le dijeron que le pedian por merced que no hubiese enojo, y que dijese á sus capitanes y á los de su guarda que iba de su voluntad, porque habia tenido plática de su ídolo Huichilóbos y de los papas que le servian que convenia para su salud y guardar su vida estar con nosotros; y luego le trujeron sus ricas andas en que solia salir, con todos sus capitanes que le acompañaron, y fué á nuestro aposento, donde le pusimos guardas y velas y todos cuantos servicios y placeres le podiamos hacer, así Cortés como todos nosotros; tantos le haciamos, y no se le echó prisiones ningunas; y luego le vinieron á ver todos los mayores principales mejicanos y sus sobrinos, é hablar con él y á saber la causa de su prision y si mandaba que nos diesen guerra; y el Montezuma les respondia que él holgaba de estar algunos dias allí con nosotros de buena voluntad, y no por fuerza; y cuando él algo quisiese, que se lo diria, y que no se alborotasen ellos ni la ciudad ni tomasen pesar dello, porque aquesto que ha pasado de estar allí, que su Huichilóbos lo tiene por bien, y se lo han dicho ciertos papas que lo saben, que hablaron con su ídolo sobre ello; y desta manera que he dicho fué la prision del gran Montezuma; y allí donde estaba tenia su servicio y mujeres y baños en que se bañaba, y siempre á la contina estaban en su compañía veinte grandes señores y consejeros y capitanes, y se hizo á estar preso sin mostrar pasion en ello; y allí venian con pleitos embajadores de léjas tierras y le traian sus tributos, y despachaba negocios de importancia.
Acuérdome que cuando venian ante él grandes caciques de otras tierras sobre términos y pueblos é otras cosas de aquel arte, que por muy gran señor que fuese se quitaba las mantas ricas, y se ponia otras de nequen y de poca valía, y descalzo habia de venir; y cuando llegaba á los aposentos no entraba derecho, sino por un lado dellos, y cuando parecian delante del gran Montezuma, los ojos bajos en la tierra; y ántes que á él llegasen le hacian tres reverencias y le decian: «Señor, mi señor, gran señor;» y entónces le traian pintado é dibujado el pleito ó negocio sobre que venian, en unos paños ó mantas de nequen, y con unas varitas muy delgadas y pulidas le señalaban la causa del pleito; y estaban allí junto al Montezuma dos hombres viejos, grandes caciques, y cuando bien habian entendido el pleito aquellos jueces, le decian al Montezuma la justicia que tenian, y con pocas palabras los despachaba y mandaba quién habia de llevar las tierras ó pueblos; y sin más replicar en ello, se salian los pleiteantes sin volver las espaldas, y con las tres reverencias se salian hasta la sala, y cuando se veian fuera de su presencia del Montezuma se ponian otras mantas ricas y se paseaban por Méjico.