Y dejaré de decir al presente desta prision, y digamos cómo los mensajeros que envió el Montezuma con su señal y sello á llamar sus capitanes que mataron nuestros soldados, los trujeron ante él presos, y lo que con ellos habló yo no lo sé; mas que se los envió á Cortés para que hiciese justicia dellos; y tomada su confesion sin estar el Montezuma delante, confesaron ser verdad lo atrás ya por mí dicho, é que su señor se lo habia mandado que diesen guerra y cobrasen los tributos, y si algunos teules fuesen en su defensa, que tambien les diesen guerra ó matasen.
É vista esta confesion por Cortés, envióselo á decir al Montezuma cómo le condenaban en aquella cosa, y él se disculpó cuanto pudo, y nuestro capitan lo envió á decir que él así lo creia; que puesto que merecia castigo, conforme á lo que nuestro Rey manda, que la persona que manda matar á otros sin culpa ó con culpa que muera por ello; mas que le quiere tanto y le desea todo bien, que ya que aquella culpa tuviese, que ántes la pagaria el Cortés por su persona que vérsela pasar al Montezuma; y con todo esto que le envió á decir estaba temeroso: y sin más gastar razones, Cortés sentenció á aquellos capitanes á muerte é que fuesen quemados delante de los palacios del Montezuma, é así se ejecutó luego la sentencia; y porque no hubiese algun impedimento, entre tanto que se quemaban mandó echar unos grillos al mismo Montezuma; y cuando se los echaron él hacia bramuras, y si de ántes estaba temeroso, entónces estuvo mucho más; y despues de quemados, fué nuestro Cortés con cinco de nuestros capitanes á su aposento, y él mismo le quitó los grillos, y tales palabras le dijo, que no solamente lo tenia por hermano, sino en mucho más, é que como es señor y Rey de tantos pueblos y provincias, que si él podia, el tiempo andando le haria que fuese señor de más tierra de las que no habia podido conquistar ni le obedecian; y que si quiere ir á sus palacios, que le da licencia para ello; y decíaselo Cortés con nuestras lenguas, y cuando se lo estaba diciendo Cortés, parecia se le saltaban las lágrimas de los ojos al Montezuma; y respondió con gran cortesía que se lo tenia en merced, porque bien entendió Montezuma que todo era palabras las de Cortés; é que ahora al presente que convenia estar allí preso, porque por ventura, como sus principales son muchos, y sus sobrinos é parientes le vienen cada dia á decir que será bien darnos guerra y sacallo de prision, que cuando lo vean fuera que le atraerán á ello, é que no queria ver en su ciudad revueltas, é que si no hace su voluntad, por ventura querrán alzar á otro señor; y que él les quitaba de aquellos pensamientos con decilles que su dios Huichilóbos se lo ha enviado á decir que esté preso.
É á lo que entendimos é lo más cierto, Cortés habia dicho á Aguilar, la lengua, que le dijese de secreto que aunque Malinche le manda salir de la prision, que los capitanes nuestros é soldados no querriamos. Y como aquello le oyó, el Cortés le echó los brazos encima, y le abrazó y dijo:
—«No en balde, señor Montezuma, os quiero tanto como á mí mismo.»
Y luego el Montezuma demandó á Cortés un paje español que le servia, que sabia ya la lengua, que se decia Orteguilla, y fué harto sospechoso así para el Montezuma como para nosotros, porque de aquel paje inquiria y sabia muchas cosas de las de Castilla el Montezuma, y nosotros de lo que decian sus capitanes; y verdaderamente le era tan buen servicial, que lo queria mucho el Montezuma.
Dejemos de hablar cómo ya estaba el Montezuma contento con los grandes halagos y servicios y conversaciones que con todos nosotros tenia, porque siempre que ante él pasábamos, y aunque fuese Cortés, le quitábamos los bonetes de armas ó cascos, que siempre estábamos armados, y él nos hacia gran mesura y honra á todos: y digamos los nombres de aquellos capitanes de Montezuma que se quemaron por justicia, que se decia el principal Quetzalpopoca y los otros se decian el uno Coatl y el otro Quiabuitle y el otro no me acuerdo el nombre, que poco va en saber sus nombres.
Y digamos que como este castigo se supo en todas las provincias de la Nueva-España, temieron, y los pueblos de la costa adonde mataron nuestros soldados volvieron á servir muy bien á los vecinos que quedaban en la Villa-Rica.
É han de considerar los curiosos que esto leyeren tan grandes hechos: que entónces hicimos dar con los navíos al través; lo otro osar entrar en tan fuerte ciudad, teniendo tantos avisos que allí nos habian de matar cuando dentro nos tuviesen; lo otro tener tanta osadía de osar prender al gran Montezuma, que era Rey de aquella tierra, dentro en su gran ciudad y en sus mismos palacios, teniendo tan gran número de guerreros de su guarda; y lo otro osar quemar sus capitanes delante de sus palacios y echalle grillos entretanto que se hacia la justicia, que muchas veces ahora que soy viejo, me paro á considerar las cosas heróicas que en aquel tiempo pasamos, que me parece las veo presentes.
Y digo que nuestros hechos que no los haciamos nosotros, sino que venian todos encaminados por Dios; porque, ¿qué hombres ha habido en el mundo que osasen entrar cuatrocientos y cincuenta soldados, y aun no llegábamos á ellos, en una fuerte ciudad como Méjico, que es mayor que Venecia, estando tan apartados de nuestra Castilla sobre más de mil y quinientas leguas y prender á un tan gran señor y hacer justicia de sus capitanes delante dél? Porque hay mucho que ponderar en ello, y no así secamente como yo lo digo.
Pasaré adelante, y diré cómo Cortés despachó luego otro capitan que estuviese en la Villa-Rica como estaba el Juan Escalante que mataron.