Acuérdome que cuando soltábamos los tiros, que daban los indios grandes silbos é gritos, y echaban tierra y pajas en alto porque no viésemos el daño que les haciamos, é tañian entónces trompetas y trompetillas, silbos y voces, y decian Ala lala.

Estando en esto, vimos asomar los de á caballo, é como aquellos grandes escuadrones estaban embebecidos dándonos guerra, no miraron tan de pronto de los de á caballo, como venian por las espaldas; y como el campo era llano é los caballeros buenos jinetes, é algunos de los caballos muy revueltos y corredores, danles tan buena mano, é alanceando á su placer, como convenia en aquel tiempo; pues los que estábamos peleando, como los vimos, dimos tanta priesa en ellos, los de á caballo por una parte é nosotros por otra, que de presto volvieron las espaldas.

Aquí creyeron los indios que el caballo é caballero era todo un cuerpo, como jamás habian visto caballos hasta entónces; iban aquellas habanas é campos llenos dellos, y se acogieron á unos montes que allí habia.

Y despues que los hubimos desbaratado, Cortés nos contó cómo no habia podido venir más presto por causa de una ciénaga, y que estuvo peleando con otros escuadrones de guerreros ántes que á nosotros llegasen, y traia heridos cinco caballeros y ocho caballos.

Y despues de apeados debajo de unos árboles que allí estaban, dimos muchas gracias y loores á Dios y á Nuestra Señora su bendita Madre, alzando todos las manos al cielo, porque nos habia dado aquella victoria tan cumplida; y como era dia de Nuestra Señora de Marzo, llamóse una villa que se pobló el tiempo andando, Santa María de la Vitoria, así por ser dia de Nuestra Señora como por la gran vitoria que tuvimos.

Aquesta fué pues la primera guerra que tuvimos en compañía de Cortés en la Nueva-España. Y esto pasando, apretamos las heridas á los heridos con paños, que otra cosa no habia, y se curaron los caballos con quemalles las heridas con unto de indio de los muertos, que habia por el campo, y eran más de ochocientos, é todos los más de estocadas, y otros de los tiros y escopetas y ballestas, é muchos estaban medio muertos y tendidos. Pues donde anduvieron los de á caballo habia buen recuerdo dellos muertos é otros quejándose de las heridas.

Estuvimos en esta batalla sobre una hora, que no les pudimos hacer perder punto de buenos guerreros, hasta que vinieron los de á caballo, como he dicho; y prendimos cinco indios, é los dos dellos capitanes; y como era tarde y hartos de pelear, é no habiamos comido, nos volvimos al real, y luego enterramos dos soldados que iban heridos por las gargantas é por el oido, y quemamos las heridas á los demás é á los caballos con el unto del indio, y pusimos buenas velas y escuchas, y cenamos y reposamos.

Aquí es donde dice Francisco Lopez de Gómora que salió Francisco de Morla en un caballo rucio picado ántes que llegase Cortés con los de á caballo, y que eran los santos Apóstoles señor Santiago ó señor San Pedro.

Digo que todas nuestras obras y vitorias son por mano de Nuestro Señor Jesucristo, y que en aquella batalla habia para cada uno de nosotros tantos indios, que á puñados de tierra nos cegaran, salvo que la gran misericordia de Dios en todo nos ayudaba; y pudiera ser que los que dice el Gómora fueran los gloriosos Apóstoles señor Santiago ó señor San Pedro, y yo, como pecador, no fuese digno de verles; lo que yo entónces vi y conocí fué á Francisco de Morla en un caballo castaño, que venia juntamente con Cortés, que me parece que agora que lo estoy escribiendo, se me representa por estos ojos pecadores toda la guerra segun y de la manera que allí pasamos; y ya que yo, como indigno pecador, no merecedor de ver á cualquiera de aquellos gloriosos Apóstoles, allí en nuestra compañía habia sobre cuatrocientos soldados, y Cortés y otros muchos caballeros, y platicárase dello y tomárase por testimonio, y se hubiera hecho una iglesia cuando se pobló la villa, y se nombrara la villa de Santiago de la Vitoria, ú de San Pedro de la Vitoria, como se nombró Santa María de la Vitoria; y si fuera así como lo dice el Gómora, harto malos cristianos fuéramos, enviándonos Nuestro Señor Dios sus Santos Apóstoles, no reconocer la gran merced que nos hacia, y reverenciar cada dia aquella iglesia; y pluguiera á Dios que así fuera como el coronista dice, y hasta que leí su Corónica, nunca entre conquistadores que allí se hallaron tal se oyó.

Y dejémoslo aquí, é diré lo que más pasamos.