Y otro dia muy de mañana, que fué dia de Nuestra Señora de Marzo, despues de haber oido Misa, puestos todos en ordenanza con nuestro alférez, que entónces era Antonio de Villarroel, marido que fué de una señora que se decia Isabel de Ojeda, que desde allí á tres años se mudó el nombre en Villareal y se llamó Antonio Serrano de Cardona.
Tornemos á nuestro propósito: que fuimos por unas habanas grandes, donde habian dado guerra á Francisco de Lugo y á Pedro de Albarado, y llamábase aquella habana é pueblo Cintia, sujeta al mesmo Tabasco, una legua del aposento donde salimos; é nuestro Cortés se apartó un poco espacio ó trecho de nosotros por causa de unas ciénegas que no podian pasar los caballos; é yendo de la manera que he dicho con el Ordás, dimos con todo el poder de escuadrones de indios guerreros que nos venian ya á buscar á los aposentos, é fué donde los encontramos junto al mesmo pueblo de Cintia en un buen llano. Por manera que si aquellos guerreros tenian deseo de nos dar guerra y nos iban á buscar, nosotros los encontramos con el mismo motivo.
Y dejallo hé aquí, é diré lo que pasó en la batalla, y bien se puede nombrar batalla, é bien terrible, como adelante verán.
CAPÍTULO XXXIV.
CÓMO NOS DIERON GUERRA TODOS LOS CACIQUES DE TABASCO Y SUS PROVINCIAS, Y LO QUE SOBRE ELLO SUCEDIÓ.
Ya he dicho de la manera é concierto que íbamos, y cómo hallamos todas las capitanías y escuadrones de contrarios que nos iban á buscar, é traian todos grandes penachos, é atambores é trompetillas, é las caras enalmagradas é blancas é prietas, é con grandes arcos y flechas, é lanzas é rodelas, y espadas como montantes de á dos manos, é mucha honda é piedra, é varas tostadas, é cada uno sus armas colchadas de algodon; é así como llegaron á nosotros, como eran grandes escuadrones, que todas las habanas cubrian, se vienen como perros rabiosos é nos cercan por todas partes, é tiran tanta de flecha é vara y piedra, que de la primera arremetida hirieron más de setenta de los nuestros, é con las lanzas pié con pié nos hacian mucho daño, é un soldado murió luego de un flechazo que le dió por el oido, el cual se llamaba Saldaña; é no hacian sino flechar y herir en los nuestros; é nosotros con los tiros y escopetas, é ballestas é grandes estocadas no perdiamos punto de buen pelear; y como conocieron las estocadas y el mal que les haciamos, poco á poco se apartaban de nosotros, mas era para flechar más á su salvo, puesto que Mesa, nuestro artillero, con los tiros mataba muchos dellos, porque eran grandes escuadrones y no se apartaban léjos, y daba en ellos á su placer, y con todos los males y heridas que les haciamos, no los podiamos apartar.
Yo dije al capitan Diego de Ordás:
—«Paréceme que debemos cerrar y apechugar con ellos; porque verdaderamente sienten bien el cortar de las espadas, y por esta causa se desvian algo de nosotros por temor dellas, y por mejor tirarnos sus flechas y varas tostadas, y tanta piedra como granizo.»
Respondió el Ordás que no era buen acuerdo, porque habia para cada uno de nosotros trescientos indios, y que no nos podiamos sostener con tanta multitud, é así estuvimos con ellos sosteniéndonos.
Todavía acordamos de nos llegar cuanto pudiésemos á ellos, como se lo habia dicho el Ordás, por dalles mal año de estocadas; y bien lo sintieron, y separaron luego de la parte de una ciénaga; y en todo este tiempo Cortés con los de á caballo no venia, aunque deseábamos en gran manera su ayuda, y temiamos que por ventura no le hubiese acaecido algun desastre.