Dejémosle de la manera que he dicho, é con gran peligro, é volvamos al capitan Pedro de Albarado, que pareció ser habia andado más de una legua, y topó con un estero muy malo de pasar, é quiso Dios nuestro Señor encaminallo que volviese por otro camino hácia donde estaba el Francisco de Lugo peleando, como dicho tengo; y como oyó las escopetas que tiraban y el gran ruido de atambores y trompetillas, y voces é silbos de los indios, bien entendió que estaban revueltos en guerra, y con mucha presteza é con gran concierto acudió á las voces é tiros, é halló al capitan Francisco de Lugo con su gente haciendo rostro y peleando con los contrarios, é cinco indios muertos; y luego que se juntaron con el Lugo, dan tras los indios, que los hicieron apartar, y no de manera que los pudiesen poner en huida, que todavía los fueron siguiendo los indios á los nuestros hasta el real; é asimismo nos habian acometido y venido á dar guerra otras capitanías de guerreros adonde estaba Cortés con los heridos; mas muy presto los hicimos retraer con los tiros que llevaban muchos dellos, y á buenas cuchilladas y estocadas.

Volvamos á decir algo atrás, que cuando Cortés oyó al indio de Cuba que venia á demandar socorro, y del arte que quedaba Francisco de Lugo, de presto les íbamos á ayudar, y nosotros que íbamos y los dos capitanes por mí nombrados, que llegaban con sus gentes obra de media legua del real, y murieron dos soldados de la capitanía de Francisco de Lugo, y ocho heridos, y de los de Pedro de Albarado le hirieron tres, y cuando llegaron al real se curaron, y enterramos los muertos, é hubo buena vela y escuchas; y en aquellas escaramuzas matamos quince indios y se prendieron tres, y el uno parecia algo principal; y el Aguilar, nuestra lengua, les preguntaba que por qué eran locos é salian á dar guerra.

Luego se envió un indio dellos con cuentas verdes para dar á los caciques porque viniesen de paz; é aquel mensajero dijo que el indio Melchorejo, que traiamos con nosotros de la Punta de Cotoche, se fué á ellos la noche ántes, les aconsejó que nos diesen guerra de dia y de noche, que nos vencerian, porque éramos muy pocos; de manera que traiamos con nosotros muy mala ayuda y nuestro contrario.

Y aquel indio que enviamos por mensajero fué, y nunca volvió con la respuesta; y de los otros dos indios que estaban presos supo Aguilar, la lengua, por muy cierto, que para otro dia estaban juntos cuantos caciques habia en aquella provincia, con todas sus armas, segun las suelen usar, aparejados para nos dar guerra, y que nos habian de venir otro dia á cercar en el real, y que el Melchorejo se lo aconsejó.

Y dejallos hé aquí, é diré lo que sobre ello hicimos.

CAPÍTULO XXXIII.

CÓMO CORTÉS MANDÓ QUE PARA OTRO DIA NOS APAREJÁSEMOS TODOS PARA IR EN BUSCA DE LOS ESCUADRONES GUERREROS, Y MANDÓ SACAR LOS CABALLOS DE LOS NAVÍOS, Y LO QUE MÁS NOS AVINO EN LA BATALLA QUE CON ELLOS TUVIMOS.

Luego Cortés supo que muy ciertamente nos venian á dar guerra, y mandó que con brevedad sacasen todos los caballos de los navíos en tierra, y que escopetas y ballesteros é todos los soldados estuviésemos muy á punto con nuestras armas, é aunque estuviésemos heridos; y cuando hubieron sacado los caballos en tierra, estaban muy torpes y temerosos en el correr, como habia muchos dias que estaban en los navíos, y otro dia estuvieron sueltos.

Una cosa acaeció en aquella sazon á seis ó siete soldados, mancebos y bien dispuestos, que les dió mal en los riñones, que no se pudieron tener poco ni mucho en sus piés si no los llevaban á cuestas: no supimos de qué; decian que de ser regalados en Cuba, y que con el peso y calor de las armas que les dió aquel mal.

Luego Cortés los mandó llevar á los navíos, no quedasen en tierra, y apercibió á los caballeros que habian de ir los mejores jinetes, y caballos que fuesen con pretales de cascabeles, y les mandó que no se parasen á alancear hasta haberlos desbaratado, sino que las lanzas se les pasasen por los rostros; y señaló trece de á caballo, á Cristóbal de Olí, y Pedro de Albarado, é Alonso Hernandez Puertocarrero, é Juan de Escalante, é Francisco de Montejo; é á Alonso de Ávila le dieron un caballo que era de Ortiz el músico y de un Bartolomé García, que ninguno dellos era buen jinete; é Juan Velazquez de Leon, é Francisco de Morla, y Lares el buen jinete (nómbrole así porque habia otro buen jinete y otro Lares), é Gonzalo Dominguez, extremados hombres de á caballo; Moron el del Bayamo y Pedro Gonzalez el de Trujillo; todos estos caballeros señaló Cortés, y él por capitan, é mandó á Mesa el artillero que tuviese á punto su artillería, é mandó á Diego de Ordás que fuese por capitan de todos nosotros, porque no era hombre de á caballo, é tambien fué por capitan de los ballesteros é artilleros.