Segun pareció, en aquella sazon habian sacrificado á sus ídolos ciertos indios para que les diesen vitoria contra nosotros, y andaban muchos indios é indias riéndose y al parecer muy de paz, como que nos venian á ver; y como se juntaban tantos, temimos no hubiese alguna zalagarda como la pasada de Cotoche; y estando desta manera vinieron otros muchos indios, que traian muy ruines mantas, cargados de carrizos secos, y los pusieron en un llano, y tras estos vinieron dos escuadrones de indios flecheros con lanzas y rodelas, y hondas y piedras, y con sus armas de algodon, y puestos en concierto en cada escuadron su capitan, los cuales se apartaron en poco trecho de nosotros; y luego en aquel instante salieron de otra casa, que era su adoratorio diez indios, que traian las ropas de mantas de algodon largas y blancas, y los cabellos muy grandes, llenos de sangre y muy revueltos los unos con los otros, que no se les pueden esparcir ni peinar si no se cortan; los cuales eran Sacerdotes de los ídolos, que en la Nueva-España comunmente se llaman Papas; otra vez digo que en la Nueva-España se llaman Papas, y así los nombraré de aquí adelante; y aquellos Papas nos trujeron zahumerios, como á manera de resina, que entre ellos llaman copal, y con braseros de barro llenos de lumbre nos comenzaron á zahumar, y por señas nos dicen que nos vamos de sus tierras ántes que á aquella leña que tienen llegada se ponga fuego y se acabe de arder, si no que nos darán guerra y nos matarán.

Y luego mandaron poner fuego á los carrizos y comenzó de arder, y se fueron los Papas callando sin más nos hablar, y los que estaban apercibidos en los escuadrones empezaron á silbar y á tañer sus bocinas y atabalejos.

Y desque los vimos de aquel arte y muy bravosos, y de lo de la Punta de Cotoche aún no teniamos sanas las heridas, y se habian muerto dos soldados, que echamos al mar, vimos grandes escuadrones de indios sobre nosotros, tuvimos temor, y acordamos con buen concierto de irnos á la costa; y así, comenzamos á caminar por la playa adelante hasta llegar enfrente de un peñol que está en la mar, y los bateles y el navío pequeño fueron por la costa tierra á tierra con las pipas de agua, y no nos osamos embarcar junto al pueblo donde nos habiamos desembarcado, por el gran número de indios que ya se habian juntado, porque tuvimos por cierto que al embarcar nos darian guerra.

Pues ya metida nuestra agua en los navíos y embarcados en una bahía como portezuelo que allí estaba, comenzamos á navegar seis dias con sus noches con buen tiempo, y volvió un Norte, que es travesía en aquella costa, el cual duró cuatro dias con sus noches, que estuvimos para dar al través: tan recio temporal hacia, que nos hizo anclear la costa por no ir al través; que se nos quebraron dos cables, y iba garrando á tierra el navío. ¡Oh en qué trabajo nos vimos! Que si se quebrara el cable, íbamos á la costa perdidos, y quiso Dios que se ayudaron con otras maromas viejas y guindaletas.

Pues ya reposado el tiempo, seguimos nuestra costa adelante, llegándonos á tierra cuanto podiamos para tornar á tomar agua, que (como he dicho) las pipas que traiamos vinieron muy abiertas y asimismo no habia regla en ello; como íbamos costeando, creiamos que do quiera que saltásemos en tierra la tomariamos de jagueyes y pozos que cavariamos.

Pues yendo nuestra derrota adelante vimos desde los navíos un pueblo, y ántes de obra de una legua dél hácia una ensenada, que parecia que habria rio ó arroyo: acordamos de seguir junto á él; y como en aquella costa (como otras veces he dicho) mengua mucho la mar y quedan en seco los navíos, por temor dello surgimos más de una legua de tierra en el navío menor y en todos los bateles; fué acordado que saltásemos en aquella ensenada, sacando nuestras vasijas con muy buen concierto, y armas y ballestas y escopetas.

Salimos en tierra poco más de medio dia, y habria una legua desde el pueblo hasta donde desembarcamos, y estaban unos pozos y maizales, y caserías de cal y canto. Llámase este pueblo Potonchan, y henchimos nuestras pipas de agua; mas no las pudimos llevar ni meter en los bateles, con la mucha gente de guerra que cargó sobre nosotros; y quedarse ha aquí, y adelante diré las guerras que nos dieron.

CAPÍTULO IV.

CÓMO DESEMBARCAMOS EN UNA BAHÍA DONDE HABIA MAIZALES, CERCA DEL PUERTO DE POTONCHAN, Y DE LAS GUERRAS QUE NOS DIERON.

Y estando en las estancias y maizales por mí ya dichas, tomando nuestra agua, vinieron por la costa muchos escuadrones de indios del pueblo de Potonchan (que así se dice), con sus armas de algodon que les daba á la rodilla, y con arcos y flechas, y lanzas y rodelas, y espadas hechas á manera de montantes de á dos manos, y hondas y piedras, y con sus penachos de los que ellos suelen usar, y las caras pintadas de blanco y prieto enalmagrados; y venian callando, y se vienen derechos á nosotros, como que nos venian á ver de paz, y por señas nos dijeron que si veniamos de donde sale el sol, y las palabras formales segun nos hubieron dicho los de Lázaro, Castilan, Castilan, y respondimos por señas que de donde sale el sol veniamos. Y entónces paramos en las mieses y en pensar qué podia ser aquella plática, porque los de San Lázaro nos dijeron lo mismo; mas nunca entendimos al fin que lo decian.