Por manera que traiamos con nosotros buenos echacuervos, porque luego trujeron cuatro pinjantes y tres collares y unas lagartijas, aunque era de oro todo muy bajo; y más trujeron cuatro indias, que eran buenas para moler pan, y una carga de mantas. Cortés las recibió con alegre voluntad y con grandes ofrecimientos.

Acuérdome que tenian en una plaza, adonde estaban unos adoratorios, puestos tantos rimeros de calaveras de muertos, que se podian bien contar, segun el concierto con que estaban puestas, que me parece que eran más de cien mil, y digo otra vez sobre cien mil; y en otra parte de la plaza estaban otros tantos rimeros de zancarrones y huesos de muertos que no se podian contar, y tenian en unas vigas muchas cabezas colgadas de una parte á otra, y estaban guardando aquellos huesos y calaveras tres papas que, segun entendimos, tenian cargo dellos; de lo cual tuvimos que mirar más despues que entramos más la tierra adentro, y en todos los pueblos estaban de aquella manera, é tambien en lo de Tlascala.

Pasado todo esto que aquí he dicho, acordamos de ir nuestro camino por Tlascala, porque decian nuestros amigos estaban muy cerca, y que los términos estaban allí junto donde tenian puestos por señales unos mojones; y sobre ello se preguntó al cacique Olintecle que cuál era mejor camino y más llano para ir á Méjico; y dijo que por un pueblo muy grande que se decia Choulula; y los de Cempoal dijeron á Cortés: «Señor, no vais por Choulula, que son muy traidores y tiene allí siempre Montezuma sus guarniciones de guerra;» y que fuésemos por Tlascala, que eran sus amigos, y enemigos de mejicanos; y así, acordamos de tomar el consejo de los de Cempoal, que Dios lo encaminaba todo; y Cortés demandó luego al Olintecle veinte hombres principales guerreros que fuesen con nosotros, y luego nos los dieron.

Y otro dia de mañana fuimos camino de Tlascala, y llegamos á un pueblezuelo que era de los de Xalacingo, y de allí enviamos por mensajeros dos indios de los principales de Cempoal, de los indios que solian decir muchos bienes y loas de los tlascaltecas y que eran sus amigos, y les enviamos una carta, puesto que sabiamos que no lo entenderian, y tambien un chapeo de los vedijudos colorados de Flandes, que entónces se usaban; y lo que se hizo diremos adelante.

CAPÍTULO LXII.

CÓMO SE DETERMINÓ QUE FUÉSEMOS POR TLASCALA, Y LES ENVIÁBAMOS MENSAJEROS PARA QUE TUVIESEN POR BIEN NUESTRA IDA POR SU TIERRA, Y CÓMO PRENDIERON Á LOS MENSAJEROS, Y LO QUE MÁS SE HIZO.

Como salimos de Castilblanco, y fuimos por nuestro camino, los corredores del campo siempre delante y muy apercebidos, en gran concierto los escopeteros y ballesteros, como convenia, y los de á caballo mucho mejor, y siempre nuestras armas vestidas, como lo teniamos de costumbre.

Dejemos esto; no sé para qué gasto mis palabras sobre ello, sino que estábamos tan apercebidos, así de dia como de noche, que si diesen al arma diez veces, en aquel punto nos hallaran muy puestos, calzados nuestros alpargates, y las espadas y rodelas y lanzas puesto todo muy á mano; y con aquesta órden llegamos á un pueblezuelo de Xalacingo, y allí nos dieron un collar de oro y unas mantas y dos indias.

Y desde aquel pueblo enviamos dos mensajeros principales de los de Cempoal á Tlascala con una carta ó con un chapeo vedejudo de Flandes, colorado, que se usaban entónces, y puesto que la carta bien entendimos que no la sabrian leer, sino que como viesen el papel diferenciado de lo suyo, conocerian que era de mensajería, y lo que les enviamos á decir con los mensajeros cómo íbamos á su pueblo, y que lo tuviesen por bien, que no les íbamos á hacer enojo, sino tenellos por amigos; y esto fué porque en aquel pueblezuelo nos certificaron que toda Tlascala estaba puesta en armas contra nosotros, porque, segun pareció, ya tenian noticia cómo íbamos y que llevábamos con nosotros muchos amigos, así de Cempoal como los de Zocotlan y de otros pueblos por donde habiamos pasado, y todos solian dar tributo á Montezuma, tuvieron por cierto que íbamos contra ellos, porque les tenian por enemigos; y como otras veces los mejicanos con mañas y cautelas les entraban en la tierra y se la saqueaban, así creyeron querian hacer ora.

Por manera que luego como llegaron los dos nuestros mensajeros con la carta y el chapeo, y comenzaron á decir su embajada, los mandaron prender sin ser más oidos, y estuvimos aguardando respuesta aquel dia y otro; y como no venian, despues de haber hablado Cortés á los principales de aquel pueblo, y dicho las cosas que convenian decir acerca de nuestra santa fe, y cómo éramos vasallos de nuestro Rey y señor, que nos envió á estas partes para quitar que no sacrifiquen y no maten hombres ni coman carne humana, ni hagan las torpedades que suelen hacer; y les dijo otras muchas cosas que en los más pueblos por donde pasábamos les soliamos decir, y despues de muchos ofrecimientos que les hizo que les ayudaria, les demandó veinte indios de guerra que fuesen con nosotros, y ellos nos los dieron de buena voluntad, y con la buena ventura, encomendándonos á Dios, partimos otro dia para Tlascala.