—«Señores, sigamos nuestra bandera, que es la señal de la Santa Cruz, que con ella venceremos.»
Y todos á una le respondimos que vamos mucho en buen hora, que Dios es fuerza verdadera; y así, comenzamos á caminar con el concierto que he dicho, y no léjos vieron nuestros corredores del campo hasta obra de treinta indios que estaban por espías, y tenian espadas de dos manos, rodelas, lanzas y penachos, y las espadas son de pedernales, que cortan más que navajas, puestas de arte que no se pueden quebrar ni quitar las navajas, y son largas como montantes, y tenian sus divisas y penachos; y como nuestros corredores del campo los vieron, volvieron á dar mandado.
Y Cortés mandó á los mismos de á caballo que corriesen tras ellos y que procurasen tomar algunos sin heridas; y luego envió otros cinco de á caballo, porque si hubiese alguna celada, para que se ayudasen; y con todo nuestro ejército dimos priesa y el paso largo, y con gran concierto, porque los amigos que teniamos nos dijeron que ciertamente traian gran copia de guerreros en celadas; y desque los treinta indios que estaban por espías vieron que los de á caballo iban hácia ellos y los llamaban con la mano, no quisieron aguardar, hasta que los alcanzaron y quisieron tomar á algunos dellos; mas defendiéronse muy bien, que con los montantes y sus lanzas hirieron los caballos; y cuando los nuestros vieron tan bravosamente pelear, y sus caballos heridos, procuraron de hacer lo que eran obligados, y mataron cinco dellos; y estando en esto, viene muy de presto y con gran furia un escuadron de tlascaltecas, que estaba en celada, de más de tres mil dellos, y comenzaron á flechar en todos los nuestros de á caballo, que ya estaban juntos todos, y dan una refriega; y en este instante llegamos con nuestra artillería, escopetas y ballestas, y poco á poco comenzaron á volver las espaldas, puesto que se detuvieron buen rato peleando con buen concierto.
Y en aquel rencuentro hirieron á cuatro de los nuestros, y paréceme que desde allí á pocos dias murió el uno de las heridas; y como era tarde, se fueron los tlascaltecas recogiendo, y no los seguimos; y quedaron muertos hasta diez y siete dellos, sin muchos heridos; y desde aquellas sierras pasamos adelante, y era llano y habia muchas casas de labranzas de maíz y magiales, que es de lo que hacen el vino; y dormimos cabe un arroyo, y con el unto de un indio gordo que allí matamos, que se abrió, se curaron los heridos; que aceite no lo habia; y tuvimos muy bien de cenar de unos perrillos que ellos crian, puesto que estaban todas las casas despobladas, y alzado el hato, y aunque los perrillos llevaban consigo, de noche se volvian á sus casas, y allí los apañábamos, que era harto buen mantenimiento; y estuvimos toda la noche muy á punto con escuchas y buenas rondas y corredores del campo, y los caballos ensillados y enfrenados, por temor no diesen sobre nosotros.
Y quedarse ha aquí, y diré las guerras que nos dieron.
CAPÍTULO LXIII.
DE LAS GUERRAS Y BATALLAS MUY PELIGROSAS QUE TUVIMOS CON LOS TLASCALTECAS, Y DE LO QUE MÁS PASÓ.
Otro dia, despues de habernos encomendado á Dios, partimos de allí, muy concertados todos nuestros escuadrones, y los de á caballo muy avisados de cómo habian de entrar rompiendo y salir; y en todo caso procurar que no nos rompiesen ni nos apartasen unos de otros; é yendo así como dicho tengo, viénense á encontrar con nosotros dos escuadrones, que habria seis mil, con grandes gritas, atambores y trompetas, y flechando y tirando varas, y haciendo como fuertes guerreros.
Cortés mandó que estuviésemos quedos, y con tres prisioneros que les habiamos tomado el dia ántes les enviamos á decir y á requerir que no nos diesen guerra, que los queremos tener por hermanos; y dijo á uno de nuestros soldados, que se decia Diego de Godoy, que era escribano de su Majestad, mirase lo que pasaba, y diese testimonio dello si se hubiese menester, porque en algun tiempo no nos demandasen las muertes y daños que se recreciesen, pues les requeriamos con la paz; y como les hablaron los tres prisioneros que les enviábamos, mostráronse muy más recios, y nos daban tanta guerra, que no les podiamos sufrir.
Entónces dijo Cortés: