Allí nos mataron un soldado é hirieron más de sesenta, y tambien hirieron á todos los caballos; á mi me dieron dos heridas, la una en la cabeza, de pedrada, y otra en un muslo, de un flechazo; mas no eran para dejar de pelear y velar y ayudar á nuestros soldados; y asimismo lo hacian todos los soldados que estaban heridos, que si no eran muy peligrosas las heridas, habiamos de pelear y velar con ellos, porque de otra manera pocos quedaron que estuviesen sin heridas; y luego nos fuimos á nuestro real muy contentos y dando muchas gracias á Dios, y enterramos los muertos en una de aquellas casas que tenian hechas en los soterraños, porque no viesen los indios que éramos mortales, sino que creyesen que éramos teules, como ellos decian; y derrocamos mucha tierra encima de la casa porque no oliesen los cuerpos, y se curaron todos los heridos con el unto del indio que otras veces he dicho.
¡Oh qué mal refrigerio teniamos, que aun aceite para curar heridas ni sal no habia! Otra falta teniamos, y grande, que era ropa para nos abrigar; que venia un viento tan frio de la sierra nevada, que nos hacia tiritar (aunque mostrábamos buen ánimo siempre), porque las lanzas y escopetas y ballestas mal nos cobijaban. Aquella noche dormimos con más sosiego que la pasada, puesto que teniamos mucho recaudo de corredores y espías, velas y rondas.
Y dejallo hé aquí, é diré lo que otro dia hicimos en esta batalla, y prendimos tres indios principales.
CAPÍTULO LXVI.
CÓMO OTRO DIA ENVIAMOS MENSAJEROS Á LOS CACIQUES DE TLASCALA, ROGÁNDOLES CON LA PAZ, Y LO QUE SOBRE ELLO HICIERON.
Despues de pasada la batalla por mí contada, que prendimos en ella los tres indios principales, enviólos luego nuestro capitan Cortés, y con los dos que estaban en nuestro real, que habian ido otras veces por mensajeros, les mandó que dijesen á los caciques de Tlascala que les rogábamos que vengan luego de paz y que nos dén pasada por su tierra para ir á Méjico, como otras veces les hemos enviado á decir, é que si ahora no vienen, que les mataremos todas sus gentes; y porque los queremos mucho y tener por hermanos, no les quisiéramos enojar si ellos no hubiesen dado causa á ello, y se les dijo muchos halagos para atraerlos á nuestra amistad.
Y aquellos mensajeros fueron de buena gana luego á la cabecera de Tlascala, y dijeron su embajada á todos los caciques por mí ya nombrados; los cuales hallaron juntos con otros muchos viejos y papas, y estaban muy tristes, así del mal suceso de la guerra como de la muerte de los capitanes parientes ó hijos suyos que en las batallas murieron, y dice que no les quisieron escuchar de buena gana; y lo que sobre ello acordaron, fué que luego mandaron llamar todos los adivinos y papas, y otros que echaban suertes, que llaman tacalnagua, que son como hechiceros, y dijeron que mirasen por sus adivinanzas y hechizos y suertes qué gente éramos, y si podriamos ser vencidos dándonos guerra de dia y de noche á la contina, y tambien para saber si éramos teules, así como lo decian los de Cempoal, que ya he dicho otras veces que son cosas malas, como demonios; é qué cosas comiamos, é que mirasen todo esto con mucha diligencia.
Y despues que se juntaron los adivinos y hechiceros y muchos papas, y hechas sus adivinanzas y echadas sus suertes y todo lo que solian hacer, parece ser dijeron que en las suertes hallaron que éramos hombres de hueso y de carne, y que comiamos gallinas y perros y pan y fruta cuando lo teniamos, y que no comiamos carnes de indios ni corazones de los que matábamos; porque, segun pareció, los indios amigos que traiamos de Cempoal les hicieron encreyente que éramos teules é que comiamos corazones de indios, é que las bombardas echaban rayos como caen del cielo, é que el lebrel, que era tigre ó leon, y que los caballos eran para lancear á los indios cuando los queriamos matar; y les dijeron otras muchas niñerias.
É volvamos á los papas: y lo peor de todo que les dijeron sus papas é adivinos fué que de dia no podiamos ser vencidos, sino de noche, porque como anochecia se nos quitaban las fuerzas; y más les dijeron los hechiceros, que éramos esforzados, y que todas estas virtudes teniamos de dia hasta que se ponia el sol, y desque anochecia no teniamos fuerzas ningunas.
Y cuando aquello oyeron los caciques, y lo tuvieron por muy cierto, se lo enviaron á decir á su capitan general Xicotenga, para que luego con brevedad venga una noche con grandes poderes á nos dar guerra.