El cual, como lo supo, juntó obra de diez mil indios, los más esforzados que tenia, y vino á nuestro real, y por tres partes nos comenzó á dar una mano de flechas y tirar varas con sus tiraderas de un gajo y de dos, y los de espadas y macanas y montantes por otra parte; por manera que de repente tuvieron por cierto que llevarian algunos de nosotros para sacrificar; y mejor lo hizo nuestro Señor Dios, que por muy secretamente que ellos venian, nos hallaron muy apercebidos; porque, como sintieron su gran ruido que traian á mata-caballo, vinieron nuestros corredores del campo y las espías á dar el arma, y como estábamos tan acostumbrados á dormir calzados y las armas vestidas y los caballos ensillados y enfrenados, y todo género de armas muy á punto, les resistimos con las escopetas y ballestas y á estocadas; de presto vuelven las espaldas, y como era el campo llano y hacia luna, los de á caballo los siguieron un poco, donde por la mañana hallamos tendidos muertos y heridos hasta veinte dellos; por manera que se vuelven con gran pérdida y muy arrepentidos de la venida de noche.
Y aun oí decir que, como no les sucedió bien lo que los papas y las suertes y hechiceros les dijeron, que sacrificaron á dos dellos.
Aquella noche mataron un indio de nuestros amigos de Cempoal, é hirieron dos soldados y un caballo, y allí prendimos cuatro dellos; y como nos vimos libres de aquella arrebatada refriega, dimos gracias á Dios, y enterramos el amigo de Cempoal, y curamos los heridos y al caballo, y dormimos lo que quedó de la noche con grande recaudo en el real, así como lo teniamos de costumbre; y despues amaneció, y nos vimos todos heridos á dos y á tres heridas, y muy cansados, y otros dolientes y entrapajados, y Xicotenga que siempre nos seguia, y faltaban ya sobre cincuenta y cinco soldados, que se habian muerto en las batallas y dolencias y frios, y estaban dolientes otros doce, y asimismo nuestro capitan Cortés tambien tenia calenturas, y aun el padre fray Bartolomé de Olmedo, de la órden de la Merced, con el trabajo y peso de las armas, que siempre traiamos á cuestas, y otras malas venturas de frios y falta de sal, que no la comiamos ni la hallábamos; y demás desto, dábanos qué pensar qué fin habriamos en aquestas guerras, é ya que allí se acabasen, qué seria de nosotros, adónde habiamos de ir; porque entrar en Méjico teníamoslo por cosa de risa á causa de sus grandes fuerzas y deciamos que cuando aquellos de Tlascala nos habian puesto en aquel punto, y nos hicieron creer nuestros amigos los de Cempoal que estaban de paz, que cuando nos viésemos en la guerra con los grandes poderes de Montezuma, que ¿qué podriamos hacer?
Y demás desto, no sabiamos de los que quedaron poblados en la Villa-Rica, ni ellos de nosotros; y como entre todos nosotros habia caballeros y soldados tan excelentes varones y tan esforzados y de buen consejo, que Cortés ninguna cosa decia ni hacia sin primero tomar sobre ello muy maduro consejo y acuerdo con nosotros; puesto que el coronista Gómora diga: «Hizo Cortés esto, fué allá, vino de acullá;» dice otras cosas que no llevan camino; y aunque Cortés fuera de hierro, segun lo cuenta el Gómora en su historia, no podia acudir á todas partes; bastaba que dijera que lo hacia como buen capitan, como siempre lo fué; y esto digo, porque despues de las grandes mercedes que Nuestro Señor nos hacia en todos nuestros hechos y en las vitorias pasadas y en todo lo demás, parece ser que á los soldados nos daba gracia y consejo para aconsejar que Cortés hiciese todas las cosas muy bien hechas.
Dejemos de hablar en loas pasadas, pues no hacen mucho á nuestra historia, y digamos cómo todos á una esforzábamos á Cortés, y le dijimos que curase de su persona, que allí estábamos, y que con el ayuda de Dios, que pues habiamos escapado de tan peligrosas batallas, que para algun buen fin era nuestro Señor servido de guardarnos; y que luego soltase los prisioneros y que los enviase á los caciques mayores otra vez por mí nombrados, que vengan de paz é se les perdonará todo lo hecho y la muerte de la yegua.
Dejemos esto, y digamos cómo doña Marina, con ser mujer de la tierra, qué esfuerzo tan varonil tenia, que con oir cada dia que nos habian de matar y comer nuestras carnes, y habernos visto cercados en las batallas pasadas, y que ahora todos estábamos heridos y dolientes, jamás vimos flaqueza en ella, sino muy mayor esfuerzo que de mujer; y á los mensajeros que ahora enviábamos les habló la doña Marina y Jerónimo de Aguilar, que vengan luego de paz, y que si no vienen dentro de dos dias, les iremos á matar y destruir sus tierras, é iremos á buscarles á su ciudad; y con estas resueltas palabras fueron á la cabecera donde estaba Xicotenga el viejo.
Dejemos esto, y diré otra cosa que he visto, que el coronista Gómora no escribe en su Historia ni hace mencion si nos mataban ó estábamos heridos, ni pasábamos trabajos ni adoleciamos, sino todo lo que escribe es como si lo halláramos hecho.
¡Oh cuán mal le informaron los que tal le aconsejaron que lo pusiese así en su Historia! Y á todos los conquistadores nos ha dado qué pensar en lo que ha escrito, no siendo así; y debia de pensar que cuando viésemos su Historia habiamos de decir la verdad.
Olvidemos al coronista Gómora, y digamos cómo nuestros mensajeros fueron á la cabecera de Tlascala con nuestro mensaje; y paréceme que llevaron una carta, que aunque sabiamos que no la habian de entender, sino porque se tenia por cosa de mandamiento, y con una saeta; y hallaron á los dos caciques mayores que estaban hablando con otros principales, y lo que sobre ello respondieron adelante lo diré.